Universidad del Cauca

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La poética de Giovanni Quessep

Por: 
Luciano Rivera Rojas
Jefe del Departamento de Español y Literatura
lucianoriverarojas@yahoo.com

 

El Fondo Editorial de la Universidad del Cauca, bajo la dirección del profesor Luis Guillermo Jaramillo, acaba de publicar el libro titulado, Antología Personal, el cual recoge la obra poética escrita por Giovanni Quessep en las últimas cuatro décadas.

Esta publicación significa un reconocimiento a la labor de un hombre dedicado al cultivo de las letras, en una época en donde impera el consumo, la barbarie y el más grosero pragmatismo. Los lectores de nuestro país tienen ahora el privilegio de leer en este libro los poemas que el mismo autor ha seleccionado. En esta antología aparecen textos que ya hacen parte de la memoria poéticas de nuestro país: El Ser no es una fábula (1968), Duración y Leyenda (1972), Canto del extranjero (1976), Madrigales de Vida y Muerte (1978), Preludios (1980), Muerte de Merlín (1985), Un Jardín y un Desierto (1993), Carta Imaginaria (1998), El aire sin estrellas (2000), Brasa lunar (2004), Las hojas de la Sibila (2004-2006) y El artista del silencio (2012).

En estos doce libros, el lector percibe  un hilo de Ariadna que los liga y los aproxima y es el compromiso estético de Quessep con la belleza. Su posición ha sido insobornable y nunca ha claudicado.

La calle se desprende
Por lo más hondo del cielo.
En su penumbra
Hay palabras perdidas
Que no encuentran
Su pequeño sitio en el tiempo.
La calle inventa
Un nuevo color,
Y los hombres buscan

Alguna fábula en su memoria.                

En esta composición, Palabras perdidas, que hace parte de su primer libro, El ser no es una fábula, está condensado, en mi opinión, todo su proyecto poético, el cual tomará cuerpo en los poemas  que irá escribiendo a lo largo de cuarenta años.  Esas palabras perdidas, Quessep las buscará en el campo de lo imaginario, de lo mítico, es decir, en ese idioma que se perdió en Babel, la segunda caída, cuyos restos están encriptados en centenares o miles de lenguas que nosotros los seres humanos hemos hablado desde la expulsión del Paraíso.  Esos rastros sígnicos de paradisíaca belleza, esos restos babélicos son perseguidos, inquiridos por Quessep con obsesiva intensidad.  Es más, la lectura de toda su obra me permite inferir, que además de su compromiso estético se perfila otro, pero de corte ético.  Y es la concepción literaria que el poeta y el lector serán salvos por el arte, por la belleza.  En el mundo semítico, del cual procede Quessep y sus antepasados, no sólo existe la convicción que el piadoso será salvo por sus buenas obras  sino también por las obras bellas que haga, construya, cante o escriba  para los demás.  Yo siempre he tenido la sensación de estar frente a un ser extraño y milenario, una suerte de Orfeo muy antiguo que nació en este mundo moderno para recordar con sus poemas la existencia de una Belleza, de la cual nada sabemos.  Esta indagación lo acerca a las ensoñaciones de Ángelus Silesius, a las intuiciones de Jacobo Böhme y al platonismo de Meister Eckhart.  En su arte poética hay un imperativo categórico que le impide incluir en su obra el humor, la palabra del hombre común, los acontecimientos y personajes que este mundo postmoderno los volvió consumo.   Su parábola vital siempre ha estado relacionada con la búsqueda de la belleza en la palabra y con el poeta que persigue una forma y no encuentra sino la palabra que huye.  Los otros valores, tan apreciados por esta sociedad, siempre han sido mirados por Quessep con un gesto de gentil desdén.  El mundo de la tecnología cantado por Marineti, no aparece en su poesía.  Los trenes que se desplazan como bólidos, los aviones que desafían la velocidad del sonido, la radio vocinglera, la televisión, el cine y la fotografía, siempre fueron ignorados y excluidos de su universo poético.  Hay que tener coraje, valentía y decisión profética para sostener dicha actitud en una cultura cuyo rasgo moderno más característico es emplear la obra de arte como valor de cambio  y como medio e instrumento para ideologizar al lector a favor de uno de los meta relatos más beligerantes del siglo XX.  Ciertamente, los contradictores de Quessep lo sindican de conservador en materia de valores estéticos.  Sí, lo es en un momento en que es difícil serlo.  Sí, Quessep hace poesía por encima y al margen de los distintos acontecimientos de la historia y de la cultura y por lo mismo, de las estéticas engendradas al calor de esos cambios sociales.  Sin duda, ha conservado su talante clásico, al elaborar su propuesta poética, manteniendo una actitud de serena indiferencia frente a las rupturas literarias planteadas por los surrealistas, futuristas, creacionistas, dadaístas, cubistas, ultraístas, expresionistas, negristas y estridentistas.  Con todo, si ha mantenido su talante clásico, lo ha hecho no a la manera del hombre que perteneció a la cultura del Renacimiento; lo ha sido y lo es pero con una conciencia escindida y desgarrada.  En Oficio de Poeta (Quessep, 1993:16), Quessep afirma: “Me alejo de todo estilo y de toda moda”.  Pese a todo, si se desea otorgar un valor a la ruptura y al cambio en el terreno de lo literario y particularmente de la poesía, me es forzoso admitir esta paradoja: quien se ha mantenido al margen de todo espíritu de vanguardia, en este momento, en que desde diferentes tribunas se ha proclamado la muerte del arte, la muerte del autor, el fin de la historia y la disolución de los grandes meta relatos, ahora, la obra del poeta Giovanni Quessep se encuentra en la vanguardia por lo que significa y representa como desafío, plantear la vigencia y la actualidad de lo bello.   


 

Vea Antología Personal de Giovanni Quessep en nuestro catálogo