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Relatos
  Costumbres que se fueron 
Septiembre 22,04
Autor: Jaime Vejarano Varona   
 
 

Remembranzas sobre Popayán


Los tiempos cambian ........., han cambiado siempre. Pero quizás hasta ahora no hubo una sucesión de más rápidas transiciones.

Nada resiste a la frecuente transmutación que imponen las modas, y no hay moda que perdure dos años.

Fenómeno éste propicio para profundos estudios filosóficos y sociales ...... Pero no está en mi ánimo sucumbir a la tentación de intentar ese tipo de disquisiciones y, desde luego ...... ustedes no lo soportarían.

Solo pretendo, para entretenimiento de quienes gustan rememorar, revivir la añoranza de algunas costumbres ya desuetas, que se implantaban por tiempos más o menos largos y cuyo fundamente se halla en la idiosincracia misma de los pueblos.

Costumbres ingenuas, costumbres risueñas que hicieron de cada ciudad, de cada villorio, de cada lugar, único, con carácter propio, con alma, con personalidad.

Popayán era, hacia los años treintas y cuarentas, algo así:





EN LAS MODAS :

Desde la niñez nos acostumbraban al lucimiento de complicadas galas que para esa época eran "el gran pinche" pero que hoy,
observadas en las fotografías que conserva el álbum familiar son, por decir lo menos, estrambóticas: los niños usaban (usábamos)
estereotipados vestiditos "marinero", un descomunal corbatín a colores, pantaloncito corto, botas -o mejor, botines- que cubrían el tobillo; y los jóvenes, entre los quince y los dieciocho, durante ese período de transición o adolescencia, los inolvidables "pantalones bombachos" que descolgaban blondamente desde la cintura para ir a cerrarse formando bolsas, algo más abajo de las rodillas, lindando por pocos centímetros con unas medias largas y gruesas y generalmente negras, que cubrían la pantorrilla. (!Imaginen ustedes hoy a un joven hippie y bien chévere, vestido así.!)

Pasada esa edad sobrevenía el gran acontecimiento de "alargar" (debe entenderse, alargar pantalones). Por regla general y gracias a la austeridad que prescribía la costumbre, que no propiamente la necesidad, ese suceso tenía lugar con la reconstrucción de los pantalones dejados por el hermano mayor. (A falta de éste, los del papá).
Los botines eran de charol y debían brillar inmaculadamente negros. Por supuesto que era ese el calzado dominguero, ya que entre semana se usarían otros menos finos y elegantes o, simplemente, se andaría descalzo. Es conveniente advertir que los zapatos se compraban siempre uno o dos números más grandes, puesto que "los niños van creciendo". Esa precaución, por otra parte, hacía menos dolorosa "la amansada" de los botines.

El cabello, para los pequeñines era generalmente largo, colgaba en guedejas o "churos", formando una "polca" en la nuca e iba recortado en la frente en lo que se llamaba "el capul". Para los más grandecitos el corte era "estilo alemán" osea al rape y se estilaba mucho "tusarse".

Las niñas usaban trenzas larguísimas o crespos a los Shirley Temple, la pequeña y popular artista de cine en moda por entones.

Para ellas la elegancia estaba en lucir vestiditos de blondas, con encajes almidonados, lazos de cinta y otros curiosos adornos. El tul y la seda eran las telas preferidas para vestidos de fiesta o de domingo; para entre semana la zaraza o el percal y telas profusamente floreadas. Si eran varias las hermanitas, y por razones de economía, se usaba el mismo vestido, igual modelo, idéntico material para todas. Era pues graciosísimo ver desfilar familias enteras completamene uniformadas, tanto varoncitos como niñas.

Los señores usaban pantalón bien ancho, saco corto, solapas enormes, camisa blanca y una corbata infinitamente delgada; la señora, si eran jóven se sometía al suplicio del "corsé" para estilizar sus líneas; si ya era persona madura usaba blusa de golas, ancha falda sobre desmesurada crinolina o miriñaque, tiesamente almidonado para mayor ampulosidad y elegancia. Al caminar se oía un susurro del vestido que la moda parisién denominaba el fru-fru.


LA VIDA SOCIAL:

Algo que caracterizaba las relaciones sociales era la obligatoriedad de las visitas y su correspondiente e ineludible reciprocidad. "Acuérdense que nos deben visita", era el reclamo que se hacía entre familias. "No hemos ido porque ustedes no nos han pagado la última visita" contestaban. (Y cuántas amistades se terminaron por no haber correspondido puntualmente una visita).



Los saludos en la calle eran otra institución bien pintoresca y simpática: era de rigor, para no herir susceptibilidades, preguntar por la salud de cada uno de los de la casa y !ay! si había un miembro de familia enfermo: se recomendaba entonces una serie de recetas caseras, acertadísimas, que "son como la mano de Dios" para curar el reuma, el catarro o cualquier otra dolencia, por grave que fuese, como el "cólico miserere".

Era muy natural recibir periódicamente el siguiente recado que traía uno de los numerosos hijos de alguna vecina: "Misia Doloritas, mi mamá que muchas saludes y que le manda a ofrecer una nuevo hijo ...!ah! y que perdone la demora".

Inevitable norma de buena vecindad era "pasar" a ponernos a las incondicionales órdenes de la familia que llegaba a establecer su residencia cerca de nuestra casa y cruzarse posteriormente con ella, aparte de las imperdonables visitas, las demostraciones de sus respectivas habilidades culinarias, algún dulce de brevas o un "encurtido" y algunos de los productos traídos de la finca.


LAS REGLAS DE URBANIDAD:

Costumbre ya desaparecida y en aquellos tiempos inquebrantable era la de ceder el paso, o la acera, a las damas, a personas mayores en edad, dignidad o gobierno y, por supuesto, a sacerdotes y religiosos. Si nos cruzábamos con un matrimonio o una pareja mayor debíamos bajarnos a la calle para cederles el andén. El paraguas, en manos del caballero, era de rigor para amparar a la dama bajo la lluvia aunque por lo general representara una molestia para otras personas y también el consabido chorrito de agua a las espaldas del caballeroso señor.



Cuando casualmente una casa no tuviese el portón abierto como era la costumbre para que entrase "todo el mundo", al escuchar el golpeador de la calle soltábamos esta ingenua pregunta: "Quién es?" ... Y recibíamos ésta, aún más ingenua, respuesta: "Yo". Y ese "yo" era suficiente para que abriésemos la puerta "para saber quién era"!

El trato entre familia, padres e hijos y hermanos, era siempre de "usted"; nunca estaba permitido el "tuteo" a persona mayor; a las tías se les decía tía, de ninguna manera su propio nombre, lo que sería una falta de respeto imperdonable.

A los niños no se nos permitía estar presentes en las visitas y, muchísimo menos, intervenir en las "conversaciones de los mayores".

El rezo del "santo rosario" era obligatorio en todo hogar después de la comida, que se tomaba hacia las cinco de la tarde; y a él no podía faltar ningún miembro de la familia; se rezaba con todos los "misterios" y sus "consideraciones" y con las "letanías" en latín a las cuales, una por una, se contestaba con un coro de "ora pro nobis". Si en el transcurso de esta práctica religiosa llegaba visita, se los invitaba a participar en el rezo repitiendo, claro está, la última "decena" iniciada, como un gesto de simpatía hacia los visitantes.

EN EL ROMANCE.

Fuimos testigos, y hasta víctimas, de la estricta disciplina que se ejercía sobe las relaciones amorosas de los jóvenes de aquel tiempo: el pretendiente iniciaba con gran timidez su conquista de la, a su vez, también tímida "muchacha". Pasaba por varios días frente a su casa, "la esquineaba" por lo menos un mes seguido, hasta que el fin se atrevía al ataque; ella, entre tanto, "le ponía

bolas" con mucha picardía y harto disimulo, fingiendo no darse por enterada mientras conversaba con su hermanita cómplice que la acompañaba invariablemente y que se enteraba por oportuno y expresivo pellizco del momento estratégico para retirarse cuando el "muchacho" manifestaba con un gesto su resolución de "echarse al agua", osea abordarla.. Los novios convenían entonces la hora de su próxima visita, de siete a nueve de la noche las más atrevidas y acordaban el "silbo" con que él se anunciaría para que ella procediera a abrir la ventana; por entre las rejas se tomaban las manos ansiosamente y permanecía él horas enteras en amoroso coloquio, soportando allí los rigores del frío nocturno.

"La muchacha del servicio", o "sirvienta" en nombre genérico, pedía a su vez permiso para recibir en la puerta de la calle a su pretendiente, casi siempre un policía, y de tal manera y al propio tiempo, se conseguía la permanencia de la fámula y la protección de la señorita de la casa.

Los permisos para ir a cine estaban condicionados a llevar a ese "quicato" impertinente, ese "mocoso" del hermanito; y había que sobornarlo con un bombón para que se hiciera el bobo mientras los enamorados se daban un furtivo beso y para que él no fuera a contarlo en la casa. Por supuesto, el indiscreto quicato siempre terminaba por romper el sigilo convenido

Costumbres relacionadas con las diversiones de la época, los espectáculos, paseos familiares, la escuela, temporadas de verano, normas cívicas y religiosas, distintivas de ese pasado que muchos recordamos con ternura y nostalgia, tendrán su propia expresión en sucesivas crónicas.





Sea, por ahora, terminar recordando la singular manera como se enseñaba la ortografía en tiempos ya remotos: era preciso aprenderse unos versos larguísimos, llamados "catálogos ortográficos" (de don José Manuel Marroquín) que indicaban el uso y aplicación de letras dudosas.

El catálogo de la J, sonoro y cadencioso, comenzaba así:

"Llevan la jota Ajenjo, prójimo,
tejemaneje, jengible, ejido,
objeto, hereje, con forajido
dije, ejercer. y ejecutad.

Ejecutorias Trabajo, jícara,
y apoplejía, menjurje, ojete
jergón, bujía, bajel, jinete
vejiga, ujier. y majestad."

 
   

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