Así comienza un semestre.
No comienza en el papel. Comienza en ese gesto íntimo de quien decide, una vez más, enseñar.
En este aquí y ahora que habitamos, nuestro hic et nunc, iniciar un nuevo periodo académico es un acto que podría parecer rutinario. Pero no lo es. Enseñar, en la universidad pública, nunca es rutina. Es una elección ética que se renueva cada semestre. Una decisión silenciosa que dice: vale la pena seguir creyendo en el conocimiento, en la conversación, en la formación como forma de dignidad.
Mientras avanzamos hacia el Bicentenario, esa historia larga que comenzó en 1827, no solo se sostiene en las fechas ni en los archivos. Se sostiene en ustedes. En los profesores que insisten hasta que un concepto se vuelve claro y acompañan a un estudiante cuando la dificultad amenaza con expulsarlo del camino. En quienes investigan sin estridencias y construyen, con paciencia, respuestas para un territorio que las necesita.
La Universidad del Cauca es el instante en que una idea, después de rodearla durante algún tiempo, finalmente encuentra forma. Ese momento en el que algo se ordena por dentro. Nadie lo anuncia. Pero es ahí donde todo cobra sentido.
Hemos dicho, y lo sostengo hoy con mayor convicción, que nuestra gente es el patrimonio más valioso de esta institución. No es una frase para la pared. Es una constatación. Sin el profesorado, no hay proyecto institucional posible. No hay excelencia, ni autonomía, ni futuro.
El país atraviesa tiempos que exigen serenidad y foco. La región reclama pensamiento crítico y compromiso real. Y en medio de este contexto están ustedes. Formando criterio, carácter y conciencia, incluso cuando el entorno no concede tregua.
En este semestre que comienza, la invitación no es grandilocuente. Es concreta. Continuar preparando cada clase como si fuera decisiva. Escuchar con atención genuina. Evaluar con justicia. Investigar con honestidad. Trabajar articuladamente. Priorizar lo esencial. Cuidar lo público.
Porque cuando ustedes preparan una clase, cuando insisten hasta que una idea se vuelve clara, cuando acompañan sin hacer ruido, están haciendo algo más que cumplir una tarea académica. Están sosteniendo la confianza que esta región ha puesto en su Universidad: la historia que nos antecede y el presente que, en cada clase, reafirma quiénes somos.
Y esa responsabilidad asumida con rigor y humanidad, es lo que nos permite llegar al Bicentenario no como una institución que sólo conmemora su pasado, sino como una comunidad que ha sabido estar a la altura de su tiempo.
Mi gratitud es sincera. Y mi confianza, absoluta.
Gracias, una vez más, por estar aquí. Nos auguro un año exitoso, lleno de buenas y gratificantes historias para contar.
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