Desde la Universidad del Cauca, traemos al presente esta historia en el marco de la Semana Santa, porque si hay una época en la que Popayán recuerda su pasado, es esta, cuando la ciudad se convierte en un escenario donde conviven la memoria, la fe y la historia. Y en medio de esas narrativas está la de Dionisia Francisca Pérez de Manrique y Camberos, la Marquesa de San Miguel de la Vega.
Su historia comienza lejos de Popayán, en Santa Fe, en el seno de una familia prestante, aunque no en la posición que normalmente garantizaba herencias o títulos. Como explica Beatriz Eugenia Quintero Espinosa, historiadora y directora del Archivo Histórico de la Universidad del Cauca, su destino no parecía ser extraordinario, “Ella es de una familia prestante, pero no es la hija mayor ni la hija del primer matrimonio. El papá de ella tenía dos matrimonios y cuando ella nació, él ya era un hombre mayor que muere a los pocos años, entonces las mujeres quedan bajo la tutela del hermano mayor. Ella no es marquesa de nacimiento, y muy seguramente por asuntos familiares y de negocios la destinan a casarse con Diego José de Velasco y así llega a vivir a Popayán”.
Su primer matrimonio la llevó a instalarse definitivamente en la ciudad blanca de Colombia, y aunque su esposo no era el hombre más rico de la región, sí poseía bienes, tierras y propiedades. Tuvieron varios hijos, pero todos murieron siendo muy pequeños, una tragedia que marcaría profundamente su vida.
Años después, su esposo moriría, pero antes de hacerlo dejó un documento extraordinario para la época: un poder en el que le entregaba a su esposa la administración absoluta de todos sus bienes, algo inusual en el siglo XVIII, cuando las mujeres casi siempre debían compartir la administración con un hombre de la familia. La historiadora Quintero lo explica así, “Lo curioso de ese poder, que es auténtico y está refrendado por notario en Quito, es que normalmente a la esposa nunca la dejan sola en esos poderes, siempre nombraban a un varón que la apoyara, pero en este caso es ella sola. Cuando él falleció, ella se declara heredera universal y albacea, es decir que toda la fortuna que esa familia había reunido durante unos setenta años pasa a ella en un segundo”.
Tiempo después, Dionisia se casaría nuevamente con Baltasar Carlos Pérez de Vivero y de la Vega, quien sí tenía el título de Marqués de San Miguel de la Vega, y con ese matrimonio ella se convertiría en Marquesa. Sin embargo, tampoco tuvieron hijos, y al morir su segundo esposo, nuevamente ella quedó como heredera de la fortuna, por lo que terminó administrando una enorme riqueza compuesta por haciendas ganaderas como Coconuco y Chipallauta, minas de oro en Quinamayó, Caloto y el Chocó, casas en Popayán y grandes extensiones de tierra en el Valle de Pubenza y en la cordillera.
Su casa de habitación principal estaba ubicada en la Plaza Mayor de Popayán, en el lugar donde hoy funciona el Banco de Occidente, y desde allí administró tierras, negocios, ganados, minas y propiedades, convirtiéndose en una de las personas más ricas e influyentes de la ciudad. Pero, como ya lo advertíamos líneas arriba, su vida no estuvo marcada únicamente por la riqueza, sino también por la pérdida y la tragedia. Perdió a sus hijos, enviudó dos veces y vivió en una época donde la religión y la salvación del alma eran preocupaciones centrales de la vida cotidiana. Esa combinación de fortuna, tragedia y fe transformó su visión de la riqueza; una visión que dejó de ser solamente acumulación, para convertirse en responsabilidad social, religiosa y comunitaria.
En 1736, un terremoto destruyó gran parte de Popayán, una ciudad que en ese momento era mucho más precaria de lo que hoy nos alcanzamos a imaginar. Muchas construcciones eran de paja y madera, y la ciudad tuvo que reconstruirse prácticamente desde cero. En ese proceso, se dice que la Marquesa desempeñó un papel fundamental ayudando a reconstruir templos, conventos y obras religiosas, entre ellos el templo y convento del Carmen, San Agustín, San José y Santo Domingo, edificaciones que hoy forman parte del patrimonio histórico de la ciudad.
Además de sus obras religiosas, su visión social fue poco común para la época. En una sociedad profundamente jerarquizada, trataba por igual a indígenas, esclavos, servidumbre, criollos y nobles. Liberó a varios de sus esclavos, dejó bienes para su sustento, entregó tierras a comunidades indígenas y ayudó a consolidar resguardos indígenas que aún existen en lugares como Puelenje, Chirivío, Poblazón, Alto Coconuco, Chisquío, San Isidro y Quintana. En su testamento dejó recursos para su familia, para niños pobres que había criado en su casa, para conventos, iglesias y obras religiosas, pero su decisión más trascendental fue declarar como heredero universal de la mayor parte de su fortuna al Real Colegio de la Compañía de Jesús de Popayán, conocido como el Real Colegio San Francisco de Asís. Según continúa explicando Beatriz Eugenia Quintero, “Después de repartir pequeñas cantidades de dinero y propiedades a familiares, a niños que había criado en su casa, a sus esclavas a quienes les dio la libertad y algún dinero, ella declara heredero universal al Colegio de la Compañía de Jesús, es decir, la mayor parte de su fortuna”.
Con el paso de los siglos, muchos de los edificios que ella ayudó a reconstruir o sostener terminaron convirtiéndose en espacios educativos. El Claustro del Carmen, donde funcionó el convento de las Carmelitas Descalzas que ella ayudó a fundar, es hoy sede de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad del Cauca.
El Claustro de Santo Domingo, cuya construcción también apoyó, es hoy la sede de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. Así, los espacios que ella ayudó a levantar para la vida religiosa se transformaron con el tiempo en espacios para la educación, el pensamiento y la formación de nuevas generaciones.
Su muerte fue un acontecimiento que conmovió profundamente a la ciudad. Las campanas de las iglesias resonaron en señal de duelo; las velas iluminaban su casa y a su alrededor estaban su familia, las monjas carmelitas, su capellán, sus esclavos libertos y la servidumbre que la había acompañado durante años. Fue enterrada bajo el altar del templo del Carmen, lugar donde aún reposan sus restos. Por ello, la historiadora Unicaucana resume su vida con una reflexión que también habla del contexto de su tiempo, “Somos según la época en la que nos toca vivir. Ella es una mujer que supo aprovechar sus oportunidades y fue una mujer de su tiempo. Estaba muy preocupada por la salvación del alma, por la iglesia, por las obras religiosas, porque en ese momento la gente pensaba la vida de otra manera. No es que fuera mejor o peor, sino diferente”.
Hoy, siglos después, cuando Popayán vuelve a llenarse de historia durante la Semana Santa, la Alma Mater caucana trae nuevamente su nombre a la memoria de la ciudad. Porque entre las procesiones, las iglesias, los claustros y las calles blancas que recorren los pasos, también está la huella de una mujer que perdió a sus hijos, heredó dos fortunas, reconstruyó templos, ayudó a comunidades, liberó esclavos, apoyó la educación y dejó un legado que aún permanece en la ciudad…Lo que en palabras nuestras se podría resumir en que, de una u otra manera, “dejó su luz para la posteridad”.
Y quizás, mientras las procesiones avanzan en silencio por las calles de Popayán, la historia de la Marquesa de San Miguel de la Vega también vuelve a caminar, recordándonos que la historia de las ciudades no solo la construyen los hombres que aparecen en los libros, sino también las mujeres que, muchas veces en silencio, cambiaron el destino de toda una sociedad.
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