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Mover los escombros para encontrar la memoria de las mujeres: una reflexión a 43...

Mover los escombros para encontrar la memoria de las mujeres: una reflexión a 43 años del terremoto de Popayán

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26 marzo, 2026
En el cierre del mes de conmemoración de la Mujer y en vísperas de la Semana Santa, compartimos un fragmento del libro “Desde las grietas del 83, luchas barriales femeninas”, cuyo autor es el profesor del programa de Comunicación Social, Andrés Alejandro Córdoba Calvo, publicado por el Sello Editorial de la Universidad del Cauca. Lee con atención esta interesante reflexión y anímate a conseguir el libro.

“Yo no tengo nada qué contarle”, fue la respuesta que escuché en varias ocasiones durante la primera fase de reportería en la que buscaba a aquellas mujeres protagonistas de los asentamientos espontáneos, quienes habían luchado por la obtención de un lote, la construcción de un rancho, de una casa, del barrio. “Yo no hice nada”, era la frase que seguía con una sonrisa casi imperceptible que echaban para sus adentros, como si fuera un síntoma de incredulidad. Algunas se quedaban en silencio haciendo un llamado al tiempo, tratando de ubicar en sus recuerdos las experiencias que vivieron después de aquel jueves 31 de marzo de 1983. La respuesta no cambiaba.

Muchas de las mujeres no reconocían o eran conscientes de lo valioso de su esfuerzo. Fue común escucharlas minimizar todas las acciones que emprendieron en la cotidianidad, pero que representaron hechos históricos para la transformación de los asentamientos: “Solo cuidaba a los hijos de las demás, que eran como quince, mientras ellas trabajaban todo el día”, explicó una mujer mientras conversábamos en la sala de su casa. 

Algunas terminaban por ocultarse en la figura de sus esposos, asegurando que ellos eran los que en realidad habían trabajado, que eran ellos los que sabían bien la historia de todo lo que había sucedido, que eran ellos los que tenían que hablar. “Lo único que yo hacía era quedarme en el cambuche o rancho, como ahora, aunque en esa época nos tocaba ‘guachimaniar’ para que no nos fueran a sacar o no se entraran a robar lo poco que teníamos”, me dicen, tal vez omitiendo involuntariamente una parte de los hechos. Aquella en la que se organizaban por grupos cada noche para hacer rondas sobre el terreno que se habían tomado, para estar alerta a los constantes intentos de desalojo de la fuerza pública. 

Fue raro para las mujeres que de un momento a otro alguien llegara hasta su casa y quisiera “convertirlas” en protagonistas de una historia que ellas forjaron y que poco se ha contado. Algunas, que iniciaron atendiendo mi llamado solo por cordialidad, luego terminaron emocionadas contando los procesos de resistencia que lideraban en cada uno de sus territorios. En la puerta de la casa arrojaban ese hilo con el cual se comienza a hilvanar los relatos. 

Por momentos la memoria parecía romperse en esquirlas y la narraban en retazos, pero encontraban ayuda en algún detalle que lanzaba un pariente desapercibido que había agudizado involuntariamente su oído para dejarse llevar por los recuerdos o en las voces de las veteranas amigas que se atravesaban en su relato. Entonces, rememoraban a través de alguna acción capturada en una foto, el muro levantado por sus manos en las vísperas que aprobaron la construcción de las viviendas. Recordaban de manera envidiable todas las vicisitudes de sus historias. Evocaban nuevamente y seguían con sus anécdotas, sus luchas. 

Hubo otros momentos donde las mujeres reconocían con mayor propiedad sus esfuerzos y los pormenores de los aportes en la construcción de sus espacios urbanos. Se sentaban sin mediar palabra y respondían una a una las preguntas que les hacían. Escarbaban en su cabeza cada detalle: el terremoto, el dolor, la incertidumbre, las invasiones, las amenazas, los asesinatos a líderes, las tensiones con la fuerza pública, los lotes, los cambuches, el arduo proceso de legalización, todo.  Aunque en pequeños instantes cerraban repentinamente sus ojos y pedían no recordar nada más, el horror, el miedo y el desespero volvían. Fue una petición que apareció por momentos en los sentimientos de las mujeres. Surgía la nostalgia manifiesta en un suspiro, el nacimiento de una lágrima, las bocas arrugadas como puños o un largo silencio que ellas mismas interrumpían para continuar. Aseguraban que los momentos de crisis fueron tantos y tan duros que a veces prefieren dejarlos intactos en algún lugar inalcanzable de la memoria. “La ciudad olía a polvo, a tierra, pero también olía a muerto”, una frase escapada de los recuerdos que querían dejar encerrados, pero que al final desencadenaron horas de conversación. 

Me recibieron en su casa, como si fuera un conocido de toda la vida. Ahí viven con sus hijos, sobrinos, nietos y bisnietos. Exploraban con su mirada orgullosa el espacio que consiguieron gracias al proceso comunitario emprendido tres décadas atrás. Recuerdan. Hacen el listado de las mujeres con quienes trabajaron después del terremoto, cuando llegaron a los ejidos municipales o predios privados buscando un espacio para hacer su vivienda. Señalan dónde vive o vivía cada mujer fundadora y a qué se dedicaban y se lamentan la muerte de alguna de ellas o sienten tristeza porque muchas ya se han ido del barrio. 

De la historia de estas mujeres poco o nada se ha contado. Como muchas otras personas, fueron parte de la estadística de damnificados, de los invasores de predios, de las familias a reubicar. No hubo rostros ni voces. La prensa local registró a lo largo de tres años, después de sucedido el terremoto, aproximadamente 12 mil noticias o reportes. Solo en una se referenció de manera breve y directa el trabajo de reconstrucción que realizaban las mujeres; en este caso, de la entonces vereda El Uvo, donde preparaban mezcla para la fabricación de ladrillos. En cuatro notas más se hizo seguimiento a un proyecto de vivienda que lideraban un grupo de madres solteras.

Pasada la tragedia, todas guardaron sus recuerdos como si no tuvieran valor. Ahora nos cuentan su historia. 

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Fotografía: Suministrada.
Redacción por: Alejandro Córdoba, profesor del Programa de Comunicación Social.

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