Como cada semestre, llegó el tan esperado momento de dar inicio a una aventura compartida; una aventura que emprendemos de la mano y caminamos colectivamente en la mayoría de los casos, por un periodo de casi cinco años. Así fue como, el pasado lunes 28 de julio, el Centro Deportivo Universitario (CDU) de Tulcán se llenó de nuevos rostros. Padres y madres, algunos pisando por primera vez ese lugar, reflejaban en sus miradas esa mezcla única de orgullo y un poco de nostalgia. Era la imagen viva de quien entrega lo más preciado al mundo, sabiendo que el nido se queda un poco vacío, pero que el vuelo -uno de los más importantes- está a punto de comenzar.
Desde los rincones más diversos del Cauca, Nariño, Putumayo, Valle del Cauca y las más variadas regiones del país, llegaron padres para acompañar a sus hijos e hijas en este gran salto. La Alma Mater caucana no solo les ofreció palabras de bienvenida, sino un espacio para que se sintieran parte, para que supieran que detrás de cada estudiante hay un entramado de esfuerzo familiar, de sacrificios silenciosos y de un amor incondicional que es el verdadero motor. “Me da mucha nostalgia que se venga para acá solita, pero debemos ser el apoyo incondicional para ella porque es algo muy bueno, donde va a forjar su futuro”, confiesa María Cristina Parra, con la voz teñida de emoción. Su hija, Maylin López, inicia sus estudios en la Facultad de Ciencias Agrarias. María Cristina, junto a su esposo, viajó desde Ipiales, Nariño, para estar presente en este primer día, el que simboliza la materialización de un sueño de tiempo atrás. “A pesar de que ella se viene para acá sola, me siento contenta y segura porque nos han recibido muy bien”, añade María Cristina, dejando una parte de su corazón en Popayán al emprender su regreso a Ipiales.
Cada historia tiene su propia raíz, su propio eco. Como la de José Manuel Muelas Tombé, egresado de Artes Plásticas, quien viajó desde el Resguardo de Guambia, en Silvia, para acompañar a su hijo Ferney Santiago, estudiante de primer semestre de la Licenciatura en Etnoeducación. “Qué más como papá y como egresado Unicaucano que acompañar con orgullo a mi hijo, para que ahora él siembre su propia semilla en estos espacios de la Universidad del Cauca”, expresó, rememorando su propia experiencia. “Ahora a él lo recibieron con mucho cariño en la casa donde yo viví, gracias a que yo hice buenas referencias, entonces eso me da una gran satisfacción”, agregó, con un brillo particular en los ojos.
Para Patricia Torres, madre de Chantel Guengo, estudiante de Música Instrumental, el desafío de ver a su hija partir a otra ciudad es inmenso, pero el orgullo lo supera, es mucho más fuerte. “Es un gran logro ver cómo va creciendo como persona, tomar la decisión de moverse de ciudad, aprender a vivir sola… es un proceso muy difícil. Desapegarse de ellos cuesta, pero uno siempre está ahí, apoyándolos”, contó con la voz quebrada, mientras, desde las gradas del CDU, le regalaba al mundo una oración silenciosa: que su hija esté bien, siempre.
Para el caso de Popayán, a lo largo de la semana, las y los nuevos universitarios tuvieron la posibilidad de conocer los programas de la Vicerrectoría de Cultura y Bienestar, un espacio diseñado para acompañarles, incondicionalmente, en el proceso de adaptación, un recordatorio de que, aunque lejos de casa, el respaldo y la calidez de la comunidad universitaria los arropan. Paralelamente, en el Paraninfo Francisco José de Caldas, los padres de familia encontraron su propio espacio en la Escuela de Padres, un encuentro para resolver dudas, ventilar inquietudes y recibir la guía necesaria para acompañar a sus hijos en esta nueva travesía.
El rector Deibar René Hurtado Herrera, acompañado por vicerrectores y decanos, insistieron en un mensaje claro: la Universidad del Cauca es #PatrimonioDeTodos, y por extensión, de las familias que hoy confían en esta institución como el lugar donde sus hijos e hijas podrán transformar sus vidas y hacer sus sueños realidad. La bienvenida, cabe mencionar, se extendió más allá de Popayán. El viernes 1 de agosto, el turno fue para la sede de Santander de Quilichao donde también, con la presencia de las directivas universitarias, recibimos a estudiantes y sus familias con un despliegue de actividades culturales, recreativas y de integración.
FestiU fue, en esencia, un rito de transición, un acto colectivo donde las manos de los padres soltaron las de sus hijos, no para dejarlos ir a la deriva, sino para impulsarlos a emprender el vuelo. Y mientras las burbujas de jabón rondaban en el aire, los juegos inflables cobraban vida y la música llenaba de color nuestros campus, en los corazones de cada familia se afianzaba la certeza de que este nuevo hogar les brindará las herramientas para crecer, aprender y transformar. “Decirle que aproveche estos espacios, la diversidad de la gente, porque eso es lo que la universidad pública brinda”, aconseja José Manuel a su hijo, y en esa frase queda encapsulado el espíritu Unicaucano: un lugar donde cada paso cuenta, donde cada historia es importante, y donde el sueño de un joven es también el sueño de su familia, de su comunidad y el nuestro como espacio formativo que se enorgullece de recibir a 1702 soñadores en Popayán y a 205 en Santander.
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