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El patrimonio más valioso de la Universidad del Cauca es su gente; personas que, con su trabajo cotidiano, dejan huellas profundas en la vida de generaciones enteras. Por eso, hoy esta casa de pensamiento rinde homenaje a Cristóbal Gnecco Valencia, quien durante 35 años dedicó su vida a compartir conocimiento, promover el pensamiento crítico y acompañar la formación de estudiantes que hoy continúan transformando sus territorios y comunidades. Lo llamaremos Cristóbal, como él mismo pidió siempre a sus estudiantes, convencido de que el conocimiento florece mejor cuando se comparte sin distancias ni jerarquías.
Esta impronta transformadora se consolidó paso a paso, con pasión y mucho compromiso. A lo largo de esas tres décadas y media de servicio, el antropólogo de la Universidad del Cauca, magíster y doctor en Antropología de Washington University, construyó una destacada trayectoria académica en campos tan complejos como la economía política de la arqueología, los discursos sobre la alteridad, las geopolíticas del conocimiento y las etnografías del patrimonio. Además de su trayectoria como docente e investigador, lideró procesos académicos de gran trascendencia para nuestra institución; entre ellos, la coordinación del Doctorado en Antropología, un espacio que ayudó a cimentar y que, como él mismo reconoce, ocupará un lugar entrañable entre los recuerdos que se lleva de su vida universitaria.
Precisamente, al contemplar el cierre de este gran capítulo profesional, el sentimiento predominante en su balance es una profunda gratitud hacia la institución pública que le permitió florecer en todas sus dimensiones humanas e intelectuales: “Siempre he dicho que he tenido uno de los mejores trabajos del mundo y la universidad me ha dado muchísimo: un espacio de trabajo grato y sin jerarquías; tiempo para compartir, estudiar, pensar, escribir; amigxs; viajes; el valor fundamental de la educación pública y de las posibilidades que brinda a una parte grande de la población. ¿Qué más hubiera podido pedir? Por eso le estoy agradecido. También a la gente que trabaja allí. Me he sentido muy bien tratado a lo largo de los años. Reconozco su amabilidad y disposición y les aviso que me harán falta. ¿Nostalgia? No, por lo menos no todavía. Ya era hora de jubilarme. Extrañaré el doctorado, eso sí, que he cuidado durante veinte años y que me ha permitido conocer gente estupenda”, manifestó emocionado y con un evidente tono de profundo agradecimiento.
Esa vasta experiencia –acumulada durante tantos años de labores académicas–, también le permite identificar con absoluta claridad aquello que le produce mayor satisfacción al mirar atrás y evaluar más de tres décadas como docente: “Haber sido honesto y generoso con lo que he aprendido y conocido. Yo no enseño; comparto. También presento. En fin, lo único que he hecho es compartir con mis estudiantes ideas, autorxs, conceptos, libros, todo lo que he encontrado en los muchos años de estudio que me han regalado maravillas. Nada más, ni nada menos”.
Esta particular manera de concebir el ejercicio de la enseñanza jamás fue fortuita; por el contrario, siempre estuvo respaldada por una postura ética y política tajante frente a las estructuras tradicionales del entorno universitario. “He militado contra las disciplinas y contra las estructuras jerárquicas enquistadas en la universidad. Por eso pedí a mis estudiantes que no me llamaran profesor, sino Cristóbal. El sustantivo profesor, aparte de ciertas cosas obvias que me gustan, supone un lugar y una relación vertical que rechazo». Y agrega una idea que resume de modo impecable la esencia de su apuesta pedagógica: “El acto del conocimiento no debe ser vertical y pedregoso; debe ser, más bien, una ocasión feliz, un momento para gozar con los encuentros impensados, con las ideas que, de pronto, brillan en el aire”.
Bajo esa misma línea de coherencia, Cristóbal se consolidó como una voz imprescindible e inquebrantable en la promoción del pensamiento crítico, entendiéndolo no como un mero ejercicio retórico, sino como una herramienta vital e indispensable para comprender y transformar las realidades de nuestro contexto: «La crítica, y la comprensión, descansan en el acto elemental de decir no. Decir sí es aceptar lo que nos enseñaron y mucho de lo que nos enseñaron (y siguen enseñando) es violento, patriarcal, homófobo, racista. Decir no, siempre, hasta que el mundo en el que vivimos sea el mundo que queremos: justo, digno, generoso, equilibrado, inclusivo, progresista, protector de los derechos de las diversidades».
Lejos de asumir la posición de un emisor absoluto de verdades, reconoce con firmeza que los mayores aprendizajes de su carrera provinieron de una vía de doble sentido, nutrida de forma directa por sus estudiantes, de quienes guarda grandes lecciones como “Que están dispuestos a conversar y a cuestionar las ideas recibidas. Que luchan por lograr lo que buscan, muchas veces a pesar de condiciones difíciles. Que son conscientes de que lo público debe fortalecerse. Vivimos en un mundo naturalizado y la labor fundamental de la educación es naturalizarnos en él. Mi trabajo es ir contra esa naturalización y lxs estudiantes lo han entendido y, creo, lo han disfrutado”.
Guiado por estas inquebrantables convicciones, en este umbral donde da inicio a una nueva etapa de su vida, comparte un mensaje que funciona como un manifiesto y que sintetiza de manera perfecta las ideas fuerza que orientaron su andar académico y humano: «Proteger la educación pública. Proteger el conocimiento libre y deliberativo. Proteger el gozo del conocimiento sin ataduras, sin jerarquías, sin autoritarismo. Proteger, en fin, la libertad y el compromiso por una vida mejor”.
De esta manera, tras 35 años de labores que combinaron la docencia, la investigación rigurosa y un compromiso inquebrantable con la educación pública, Cristóbal Gnecco Valencia se despide formalmente de las aulas físicas, pero jamás de las ideas colectivas que ayudó a sembrar. Estamos convencidos que su legado trascenderá en el tiempo y permanecerá vivo en cada uno de los estudiantes y colegas que aprendieron a mirar el mundo con otros ojos, a desafiar las verdades absolutas y a defender el conocimiento como el motor más puro de la transformación social.
Hoy, a través de estas líneas, la Universidad del Cauca le expresa su sentida gratitud y le augura un camino lleno de bienestar, paz y plenas satisfacciones en este nuevo porvenir; con la certeza de que las semillas que esparció con tanta generosidad seguirán germinando en las generaciones –presentes y venideras– que siempre encontrarán en su recuerdo no solo la figura de un pensador brillante, sino el ejemplo vivo de un entrañable compañero de conversación, de ruta y de pensamiento. ¡Muchos éxitos en esta nueva etapa profe Cristóbal!
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