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En estos días, mientras buena parte del país intenta regresar a sus rutinas después del terremoto, hay familias para las que regresar no significa lo mismo. Algunas siguen buscando respuestas sobre sus seres queridos; otras han vuelto al lugar en el que estaba su casa para encontrarse con lo poco que quedó de ella o con nada. Hay comunidades que ahora deben reconstruir viviendas, escuelas, espacios de encuentro, lugares de trabajo y proyectos de vida. Y hay algo profundamente inquietante en lo que viene después: mientras para muchos la vida empezará a recuperar su ritmo, disminuirán las noticias y las imágenes dejarán de circular, para otros nada habrá vuelto todavía a la normalidad. Habrá personas para quienes la vida seguirá dividida entre lo que tenían antes del terremoto y aquello que quedó después.
Nosotros también estamos regresando. La Universidad ya abrió sus puertas para comenzar el periodo académico 2026-II y volvemos a nuestros salones, laboratorios, oficinas y bibliotecas. Podemos preparar una clase, encontrarnos con nuestros estudiantes, conversar sobre lo que viene. Después de lo ocurrido, esas acciones cotidianas adquieren otra dimensión. Podemos volver porque estamos bien. Podemos continuar porque tenemos dónde hacerlo.
Muchos hemos sentido alivio al saber que nuestra familia, nuestros amigos, nuestra gente cercana están bien. Pero hay una frase que ha comenzado a repetirse y que vale la pena hacer nuestra: “Los míos están bien, pero los míos no son solo los de mi casa”. Quizá allí encontremos una de las formas más profundas de comprender la solidaridad: ampliar nuestro sentido del “nosotros” hasta incluir a quienes tantas veces hemos mirado como “otros”. Porque cuando el dolor deja de ser ajeno, también cambia nuestra manera de sentirlo y de responder ante él. Nos hacemos más sensibles a la pérdida, más conscientes del sufrimiento y más generosos frente a la necesidad. Los nuestros son entonces quienes hoy buscan a alguien, quienes perdieron su hogar, quienes no saben todavía cómo van a empezar de nuevo. Reconocernos en ellos es también asumir que su dolor nos interpela y que tenemos una responsabilidad frente a él.
Esa es la solidaridad que hemos puesto en el centro de nuestro proyecto de Universidad. No la que nace simplemente del deber, sino la que surge cuando somos capaces de sentir el dolor del otro porque hemos dejado de verlo como alguien ajeno. Esa convicción atraviesa nuestra propuesta rectoral y nuestro Plan de Desarrollo Institucional 2023-2027, “Por una Universidad de Excelencia y Solidaria” y hoy, Unicauca Solidaria es una de las muchas formas en que esa sensibilidad se convierte en acción.
Quizá por eso adquiere otro sentido mirar hoy los resultados que hace pocos días presentamos en nuestra Rendición de Cuentas 2025, “Sueños que unen territorios”, porque ese momento nos invitó a mirar más allá de los indicadores y preguntarnos qué representan realmente las metas que nos hemos trazado como Universidad. ¿Para qué buscamos la excelencia? ¿Para qué queremos llegar a más territorios? ¿Para qué trabajamos cada día por fortalecer esta Universidad pública? La respuesta nos conduce siempre al mismo lugar: a las personas, nuestro patrimonio más valioso; a ese “nosotros” que se hace más amplio cada vez que una oportunidad llega más lejos, que un sueño encuentra un camino y que la Universidad se acerca a su gente.
Con esa mirada cobran sentido los números. En 2025 superamos el 90 % de cumplimiento de las metas programadas y alcanzamos una ejecución financiera del 78 %, un registro histórico para nuestra Universidad. Hoy contamos con 35 programas acreditados en Alta Calidad, el 71,42 % de nuestra meta de 49; el Informe de Autoevaluación para la Acreditación Institucional alcanzó un 90 % de avance y nuestro Plan de Mejora, un 83 %.
Pero hay cifras que nos acercan aún más a las personas: en López de Micay, Timbiquí y Guapi, 357 jóvenes fueron beneficiados por PTIES y 66 ya son estudiantes de nuestra Alma Mater. Y en 2025 entregamos al país 2.527 egresadas y egresados. Detrás de esos números hay jóvenes, familias, sueños y territorios en los que la Universidad se hace presente.
Quizá de eso se trate también rendir cuentas: no solo de saber cuánto hemos hecho, sino para quién lo hacemos y qué somos capaces de transformar. Una pregunta que cobra especial sentido al comenzar un nuevo semestre y que nos recuerda que ninguna Universidad puede pensarse de espaldas a la realidad.
Queridas profesoras y profesores, buena parte de las metas que presentamos como institución comienza mucho antes de convertirse en un porcentaje. Comienza en un aula. En una pregunta que despierta curiosidad, en una conversación, en una investigación, en el acompañamiento a un estudiante que descubre una posibilidad que antes no había imaginado. Allí la excelencia adquiere rostro y la solidaridad puede convertirse también en una manera de enseñar: recordándonos que el conocimiento tiene sentido cuando nos ayuda a comprender la realidad y nos entrega herramientas para transformarla.
Nos acercamos a los 200 años de la Universidad del Cauca, un momento que nos invita a preguntarnos qué Universidad estamos construyendo para las generaciones que vendrán. Estos días nos han recordado cuán frágiles pueden ser nuestras certezas, pero también la fortuna que significa poder continuar. Espero que este semestre nos encuentre conscientes de ella y dispuestos a convertirla en una posibilidad para los demás, capaces de ensanchar ese “nosotros” hasta comprender que los nuestros son muchos más de los que caben en nuestra casa, en nuestra Universidad o en aquello que sentimos cercano. Porque allí donde se amplía ese nosotros, también se amplía nuestra capacidad de sentir, de acompañar y de estar.
Esa es la Universidad que queremos seguir construyendo: una Universidad de excelencia y solidaria, que camina hacia sus 200 años sabiendo que su mayor patrimonio es su gente y que los nuestros están más allá de donde estamos.
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