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Hay caminos que comienzan sin saber hasta dónde van a llegar, y así nació el PAI. Esta juntanza universitaria surgió de la inquietud por encontrar en el arte una manera distinta de acercarse a la tierra, compartir saberes y aprender de quienes la habitan. Varios años después de esos primeros trazos en las montañas, ese andar itinerante les conduce a uno de los escenarios culturales más importantes de la nación.
Detrás de esta apuesta pedagógica y artística se encuentra el profesor Alex Rodríguez, del Programa de Artes Plásticas de la Universidad del Cauca. Graduado de este mismo programa en 2006, su trayectoria como creador y docente dejó de ir por senderos separados para fusionarse en una sola práctica, donde enseñar y crear se entienden como formas vivas de relacionarse con las comunidades.
“Yo estudié artes plásticas en este programa, me gradué en el 2006 y desde ahí he hecho un trabajo como artista, a veces independiente, a veces como docente, y he logrado integrar en mi práctica artística personal la docencia y viceversa, poder cruzar estos caminos, no es tan fácil para un artista, pero creo que por mis intereses, por los temas que tocaban algunas de mis investigaciones y creaciones como dibujante, como pintor, como artista, pues esto empezó a volverse muy importante para mí, los temas de la educación y la educación en sí. Entonces yo creo que eso es lo que hace que hoy por hoy pueda ser parte de un proceso como PAI”, explica el profesor Alex.
Esa semilla sembrada en Guambia tomó fuerza cuando los propios estudiantes decidieron bautizar el proceso. Eligieron la palabra PAI, que significa “gracias” en lenguas originarias, y desde allí el colectivo creció orgánicamente. En lugar de nacer entre las cuatro paredes de una oficina, el colectivo se alimentó de las invitaciones que las y los propios estudiantes extendían a sus compañeros y profesores para visitar sus comunidades de origen, abriendo un canal para compartir arte, pero, sobre todo, para escuchar y aprender.
William Araujo Muñoz, estudiante de Artes Plásticas e integrante de PAI desde sus inicios, recuerda que muchos de los miembros son estudiantes foráneos, una condición que terminó convirtiéndose en la mayor fortaleza del grupo. “Siempre son invitaciones de los mismos compañeros, nos vamos a sus territorios y siempre ha sido así, invitaciones de personas cercanas a PAI o que conocen el trabajo que hemos venido realizando y se hace toda la gestión para hacer este proceso”, cuenta.
Bajo esta dinámica, el PAI ha consolidado un lazo entrañable con tres territorios: Guambia (en Silvia, con la comunidad Misak), La Vega (con la comunidad campesina) y Cimarronas (en Bolívar, Cauca, con el pueblo Yanakuna). Aunque son geografías e historias diversas, todas comparten el centro de la vida comunitaria: la tulpa, el fuego y la palabra. Allí, más allá de impartir talleres de muralismo, gráfica, serigrafía o cerámica, se habilitan espacios de escucha y diálogo que el colectivo denomina “palabreo”.
“Nosotros siempre vamos a estas comunidades no a imponer, sino a desaprender y aprender de estas comunidades que tienen otra forma de enseñar y que son sabios y tienen costumbres que han venido desde sus inicios. Todo lo que se realiza en PAI es muy orgánico”, señala William, quien destaca que buena parte de las conversaciones que han inspirado el trabajo del colectivo han ocurrido alrededor de la cocina, del fuego y de esos momentos cotidianos en los que se comparten los alimentos y la palabra.
Para el profesor Alex Rodríguez, esa relación también ha permitido comprender que el arte puede acompañar procesos que ya existen en las comunidades, sin pretender reemplazarlos. Lo vivieron, por ejemplo, en La Vega, donde realizaron una pintura de gran formato en el Salón Cultural Campesino, un espacio que representa mucho más que una infraestructura, pues allí convergen la organización comunitaria, la cultura, la música, el teatro y distintas expresiones de la vida colectiva, “Nosotros entramos ahí y ayudamos, no en el sentido de lo que sabemos, sino de lo que compartimos y en ese sentido pues es recíproco el trabajo, tanto el compartir en términos de enseñanza y el aprendizaje, en términos de la escucha y del recibimiento”, expresa el profesor.
Ahora ese aprendizaje compartido llegará a Bogotá, ya que tras postularse a una convocatoria de estímulos del Ministerio de Cultura, el PAI obtuvo una beca para desarrollar en el Museo Nacional de Colombia el proyecto “Cuerpo Semilla. Imágenes y narrativas desde la ruralidad en el Cauca”, una propuesta que busca que las comunidades sean protagonistas y puedan contar sus propias historias, mientras el colectivo asume el papel de puente y acompañante.La propuesta, que estará abierta del 10 de septiembre al 4 de octubre, busca que los propios pobladores rurales sean los protagonistas de sus relatos, mientras el colectivo actúa como puente.
La exhibición llevará consigo una obra viva: una gran pieza textil en fique tejida a muchas manos que continuará tejiéndose en el propio museo como símbolo de un cuerpo intercultural. A esta muestra se sumará la Escuela de Teatro Identidad Campesina —con tres décadas de trayectoria en el teatro popular y político—, aportando sus obras y talleres de narrativa.
Para el equipo académico, este logro ratifica que desde la Universidad del Cauca se están gestando nuevos paradigmas de investigación artística. “Creo que se está reconociendo un trabajo de nuevo conocimiento, en términos de la investigación. Se está haciendo un gran trabajo en términos de la creación y de la investigación en artes aquí, con estudiantes, con familias de estudiantes, con organizaciones sociales. Eso es fantástico”, afirma el profesor Rodríguez.
Quizás una de las vivencias que mejor sintetiza la esencia del PAI fue la caminata hacia la laguna del Abejorro, lugar sagrado del pueblo Misak. Ascender durante horas por el páramo junto a un estudiante y ser recibidos en ese altar natural fue, para el profesor Alex, una lección de humildad y una muestra de confianza que transformó su manera de entender el paisaje y la vida.
Por eso, cuando las puertas del Museo Nacional se abran en Bogotá, no entrará únicamente un grupo universitario ni se expondrá una obra de arte inerte. Entrarán las conversaciones al calor del fuego, las manos campesinas e indígenas que han hilado el fique, las memorias que habitan en la montaña y el andar de jóvenes que decidieron volver a sus casas para invitar a otros a soñar. En definitiva, desembarcará en la capital el Cauca profundo, narrado desde la dignidad de su propia voz.
En conclusión, el logro de PAI es también una muestra del talento unicaucano y de la capacidad de sus estudiantes para crear, gestionar y abrirse camino desde la U hacia otros escenarios del país, demostrando que el arte no siempre necesita grandes escenarios para comenzar: muchas veces nace en una cocina, alrededor de una tulpa, en una conversación, en un mural o en el deseo de volver a casa y llevar a otros consigo.
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