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El primero, es que los mayores niveles de muertes violentas se dieron cuando sus pobladores portaban y exhibían sus armas al cinto, como lo muestran fotografías de la época, a tal punto que afirman que de colocarse una cruz donde cayó cada víctima, el pueblo parecería un cementerio incluida su iglesia. La paz se comenzó a construir mediante el diálogo consensuado, el cierre de las cantinas por las mujeres y promoviendo acuerdos de convivencia.
Segundo, nos enseñaron que Lerma era un pueblo tan seguro, que las puertas permanecían abiertas y no se requería de cadenas ni candados. Por el contrario, cerraduras, cámaras y vigilantes, son indicadores de inseguridad.
Si bien la bonanza cocalera estuvo relacionada con las violencias, en lugar de fumigar la planta de coca para erradicarla, reivindicaron su uso ancestral entre las comunidades campesinas y hoy día promueven su uso benéfico, alimentario, medicinal y tradicional, mediante la Alianza Coca para la Paz.
Pero la lección más importante es que, desde la educación, articulada con el arte y la memoria, forjaron un proyecto colectivo de esperanza y no violencia; donde la danza y el teatro, generaron oportunidades para los jóvenes, y el colegio un entorno protector.
Si bien el Cauca es un territorio marcado históricamente por conflictos sociales, políticos y armados, son procesos como el de Lerma, los de mayor trascendencia, liderados por comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes, movimientos sociales, organizaciones de víctimas, colectivos culturales, mujeres y jóvenes. Dinámicas de organización comunitaria, resistencia pacífica, memoria colectiva y defensa de los territorios y los derechos humanos
Por ello, hablar de paz desde nuestra Universidad, exige reconocer que los territorios son un aula viva y no un mero objeto de estudio. El territorio nos llega a través de nuestros estudiantes, de sus historias familiares, de sus experiencias, de sus memorias y preguntas. Y esto cambia la manera de entender la educación.
En un territorio como el Cauca, no es una tarea menor. La Paz se aprende. Se aprende cuando escuchamos; cuando reconocemos las diferencias; cuando tramitamos los conflictos sin convertir al otro en enemigo; cuando comprendemos que nuestras acciones cotidianas también tienen consecuencias sobre la vida de los demás.
Educar para la paz, significa aprender a vivir juntos en medio de nuestras diferencias. La paz no solamente se firma: también se aprende, se practica y se construye en las relaciones cotidianas. Consideramos que los profundos problemas estructurales de nuestra sociedad no los podremos resolver desde una asignatura, pero si podemos desde cada aula, contribuir a formar sujetos dispuestos a escuchar, reconocer, cuidar, cuestionar y actuar.
¿Qué significa entonces formar para la paz? Si aceptamos que la paz trasciende la ausencia de violencia armada, entonces formar para la paz implica desarrollar otras capacidades. Implica aprender a identificar las desigualdades, a cuestionar las violencias normalizadas, pero especialmente, aprender que la diferencia no tiene por qué convertirse en desigualdad y mucho menos, en violencia. He allí, una de las contribuciones del Programa de formación social y humanística de Unicauca.
Además, desde la Comisión de Paz y otras instancias, se tejen alianzas para ampliar y transversalizar estas apuestas, a través de convenios entre otros, con la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas o la JEP, y recientemente, con COALICO y la Iglesia Sueca, con quienes se realizó el pasado 21 de septiembre el Foro: “Aulas que tejen paz: Escuelas y Universidades que Protegen y Transforman”.
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