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Comerciantes de vidrios en Popayán, afectados tras el terremoto

Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales


Tres semanas después del terremoto del 10 de agosto, los comerciantes de las vidrierías de la calle cuarta del barrio El Cadillal, en la ciudad de Popayán, Cauca, ya recogieron los vidrios. Ahora hacen cuentas de las pérdidas y esperan recuperar sus negocios.

Comerciantes de vidrios en Popayán,
afectados tras el terremoto

Tres semanas después del terremoto del 10 de agosto, los comerciantes de las vidrierías de la calle cuarta del barrio El Cadillal, en la ciudad de Popayán, Cauca, ya recogieron los vidrios. Ahora hacen cuentas de las pérdidas y esperan recuperar sus negocios.

Comerciantes de vidrios en Popayán, afectados tras el terremoto

Escrito por: Isabel Tatiana Alvarez | 28 de agosto de 2026

Tiempo de lectura: 8 minutos

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Tres semanas después del terremoto del 10 de agosto, los comerciantes de las vidrierías de la calle cuarta del barrio El Cadillal, en la ciudad de Popayán, Cauca, ya recogieron los vidrios. Ahora hacen cuentas de las pérdidas y esperan recuperar sus negocios.

Gustavo Rojas corta una pieza, la acomoda, le pone pegamento y vuelve a cortar. Hace una maqueta mientras conversa. No parece haber detenido el trabajo para contar lo que pasó; habla y trabaja al mismo tiempo, como si ambas cosas pertenecieran a la misma jornada. Afuera, en la calle cuarta del barrio El Cadillal, en Popayán, Cauca, el tránsito de la ciudad continúa. Adentro, las vitrinas están de pie otra vez. No hay vidrios regados en el piso ni mercancía cubierta de fragmentos. Hay máquinas, calculadoras, herramientas y espacios que se ven más grandes de lo que deberían porque falta mercancía. Han pasado tres semanas desde el terremoto del 10 de agosto y los comerciantes ya hicieron lo más urgente: limpiar. Lo difícil empieza ahora.

Rojas tiene 30 años y lleva ocho trabajando en el negocio. Mientras sigue con la maqueta, cuenta que durante el sismo se rompió cerca del 99% de los vidrios del establecimiento. Cayeron sobre los exhibidores y las vitrinas, y debajo de ellos quedaron los accesorios que estaban expuestos. Recuperarlos fue complicado. Algunos tuvieron que terminar en la basura. La cuenta que hace ahora ronda los 20 millones de pesos. Ese mismo día pidió colaboración a la Alcaldía de Popayán y recibió dos volquetas para recoger los residuos. Reunió a varias personas y empezó a limpiar. Había que quitar los vidrios antes de pensar en volver a vender. Así consiguió abrir nuevamente el local.

Pero abrir no significó recuperar el negocio. Después de recoger los vidrios apareció una dificultad que no se veía entre los escombros: conseguir otros.

—No hay vidrio —dice Rojas.

Sus proveedores también resultaron damnificados y el transporte se complicó. Cuenta que el puerto de Buenaventura resultó afectado y que quienes todavía tenían existencias comenzaron a venderlas más caras. El material que necesita para trabajar se volvió escaso precisamente cuando más lo necesita. Las ventas, además, disminuyeron. Rojas todavía no ha trasladado ese aumento completamente a sus clientes; explica que actualiza sus precios de acuerdo con el valor al que le va llegando el material. Mientras habla, vuelve a cortar. La maqueta avanza. El negocio también, pero a otro ritmo.

La escena se repite unos locales más adelante, aunque la pérdida tiene otro tamaño. Juan Francisco Luna, un hombre de más de 65 años, lleva 35 años en el negocio, cuya propietaria es su hija, Francia Yamile Luna. Mientras habla, alguien entra a preguntar. Juan Francisco atiende. La persona mira, pregunta y se marcha sin comprar. Poco después llega otra. Él vuelve a responder. La calle tiene movimiento, pero no todo movimiento termina en una venta.

—Está flojo —dice cuando habla de cómo está el negocio después del terremoto.

El 10 de agosto Juan Francisco estaba en su casa. En el establecimiento no había nadie. Cuando llegó, encontró tres láminas de vidrio quebradas. Calcula que la pérdida fue de unos 600.000 pesos. Pudo abrir ese mismo día. No tuvo que recoger una montaña de vidrios ni desechar mercancía como Gustavo. Su daño fue menor, pero hubo algo que no pudo controlar: lo que vino después. Los proveedores de Cali también estaban afectados y el transporte se volvió más difícil. Durante casi ocho días esperó mercancía. Cuando finalmente recibió el aviso de que llegaría un pedido, le dijeron que sería poco. Juan Francisco sigue atendiendo a quienes entran, aunque algunos terminan saliendo con las manos vacías. Cuando recuerda que durante el terremoto no había nadie dentro del local, lo resume sin darle muchas vueltas:

—Eso fue una gracia de Dios que no me pasó nada.

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Rojas tiene 30 años y lleva ocho trabajando en el negocio. Mientras sigue con la maqueta, cuenta que durante el sismo se rompió cerca del 99% de los vidrios del establecimiento. Cayeron sobre los exhibidores y las vitrinas, y debajo de ellos quedaron los accesorios que estaban expuestos.

La calle cuarta es, en buena parte de este tramo del barrio El Cadillal, una sucesión de vidrierías: en el recorrido se pueden contar 7 establecimientos dedicados a este oficio. Por eso basta caminar unos metros para encontrar variaciones de la misma escena: locales que ya fueron organizados, vitrinas reconstruidas y mercancía que parece haber disminuido. Durante el recorrido no quedaban vidrios rotos en los andenes. La emergencia visible había desaparecido. Pero en los establecimientos había poco material, algunos espacios vacíos y comerciantes dispuestos a contar lo sucedido. Esta vez no hubo que insistir demasiado para conseguir testimonios. Querían hablar. Quizá porque nueve días después ya podían limpiar los negocios, pero todavía no podían limpiar de sus cuentas lo que había dejado el terremoto.

Juan Francisco señala hacia otros establecimientos y habla de los negocios afectados desde la zona de la carrera 14 hacia arriba. La pregunta entonces deja de ser cuánto perdió cada uno y pasa a ser otra: ¿cuántos negocios como estos quedaron afectados? La respuesta todavía no está completa.

La Cámara de Comercio del Cauca continúa haciendo el sondeo de los establecimientos. Según la información suministrada durante esta reportería, la entidad ha identificado preliminarmente alrededor de diez negocios de vidriería afectados, pero todavía no tiene un consolidado definitivo porque el trabajo de campo continúa. La Alcaldía de Popayán y las entidades de gestión del riesgo en su balance preliminar registran 33 municipios afectados en el Cauca sin embargo,  ese balance no indica cuántos establecimientos comerciales resultaron damnificados en Popayán ni cuantas afectaciones corresponden a las vidrieras. 

Eso explica una paradoja de estos días: los comerciantes ya pueden hacer sus propias cuentas, pero la ciudad todavía no puede hacer las suyas. Gustavo sabe cuánto calcula que perdió. Juan Francisco también. Cada establecimiento tiene una historia particular y una cifra distinta. La Cámara de Comercio todavía está recorriendo los lugares para intentar convertir esas historias individuales en un diagnóstico colectivo. Mientras tanto, los comerciantes no pueden esperar a que termine el sondeo. Tienen que abrir, atender, comprar, vender y pagar. La emergencia institucional puede esperar al siguiente informe; la caja registradora no.

Y en esa caja registradora empieza a aparecer otra consecuencia del terremoto: la dificultad para volver a abastecerse. La falta de vidrio, los pedidos que se retrasan y el aumento del precio del material son problemas que nacen después del daño visible. Un análisis del Banco de la República, titulado desastres naturales en Colombia y publicado en 2023 elaborado por los economistas Jhorland Ayala García y Keisy Ospino Ramos, muestra que los desastres naturales en Colombia no solo dejan afectaciones inmediatas: también representan costos materiales y económicos que se acumulan alrededor de las comunidades afectadas. El estudio analiza los desastres registrados en zonas rurales y vías panamericanas en Colombia entre 1998 y 2021 y examina sus efectos directos y su comportamiento regional. En la calle cuarta, esa explicación tiene nombres propios: Gustavo Rojas esperando vidrio; Juan Francisco Luna esperando mercancía; clientes que llegan, preguntan y se van; y negocios que ya abrieron, pero todavía no consiguen volver a llenarse.

Los desastres no terminan cuando dejan de moverse las paredes. Después comienza una segunda etapa, menos espectacular y más lenta. El daño que se ve en una vitrina puede repararse; el que se produce cuando el proveedor no tiene material, cuando una mercancía se pierde debajo de los vidrios o cuando un cliente pregunta y se marcha sin comprar necesita más tiempo. La cuenta de estos comerciantes no está solamente en los 20 millones que calcula Gustavo ni en los 600.000 que calcula Juan Francisco. Está también en los días que han tenido que esperar, en lo que todavía no pueden reponer y en lo que dejarán de vender mientras lo consiguen.

En Colombia, esa recuperación ocurre a una escala mucho mayor. El terremoto del 10 de agosto produjo afectaciones en 494 municipios de 16 departamentos, con 406.237 personas y 188.034 familias afectadas, según el balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) con corte al 25 de agosto de 2026. Pero las cifras nacionales, por grandes que sean, terminan aterrizando en lugares como este: en una calle comercial donde un hombre de 30 años corta y pega una maqueta mientras calcula cómo volver a conseguir vidrio; en un hombre de más de 65 años que atiende a un cliente que pregunta y se va sin comprar; en una vitrina que sigue de pie aunque todavía no tiene con qué llenarse.

Al final de la tarde, Gustavo continúa con su maqueta. Juan Francisco sigue atendiendo. La calle cuarta del barrio El Cadillal no está cerrada. Los negocios funcionan. La ciudad pasa por delante de ellos y, a simple vista, podría parecer que tres semanas fueron suficientes para dejar atrás el terremoto. Pero basta entrar en una de esas vidrierías para descubrir que el desastre cambió de lugar. Ya no está en el piso. Está en las vitrinas.

Los pedazos de vidrio fueron recogidos. Las puertas volvieron a abrirse. Los comerciantes regresaron al trabajo. Ahora comienza la parte que no se puede barrer: volver a llenar las vitrinas, recuperar las ventas y hacer que una calle que ya parece normal vuelva, de verdad, a serlo.

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