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Grimio Lerma, el custodio de la tradición marimbera que visitó Popayán

Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales


Imagen de Grimio Lerma

Grimio Lerma, el custodio de la tradición marimbera que visitó Popayán

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Grimio Lerma, el custodio de la tradición marimbera que visitó Popayán

Escrito por: Lucía Hinestroza | 16 de abril del 2026

Tiempo de lectura: 8 minutos

Alianza Co.marca*/ Proclama del Pacífico

El maestro Grimio Jhonny Lerma Estupiñan, es uno de los grandes constructores e intérpretes de la marimba de chonta en Latinoamérica. Su labor, además de representar un símbolo de resistencia cultural, trasciende fronteras permitiendo un diálogo intercultural entre Ecuador y Colombia.

Grimio Jhonny Lerma Estupiñán recuerda entre risas como si todavía fuera ese niño terco que no se dejaba espantar. Dice que todo empezó con un músico del pueblo, Pablo Rivero. No era constructor de marimba, pero cuando tocaba, el sonido parecía adueñarse del aire . Él y su hermano se acercaban despacio, atraídos por ese repique sobre la madera. Pablo no decía nada, dejaba que se arrimaran un poco más… y cuando ya estaban casi pegados a la marimba, levantaba sus tacos especiales que tenía en la mano y les pegaba. No le gustaba enseñar.

 —Era egoísta— recuerda Grimio, todavía con una sonrisa.

El hermano, más impulsivo, terminaba cansándose y se iba. Pero Grimio no. Grimio corría, se alejaba lo suficiente para no recibir golpes y desde lejos se quedaba escuchando cada nota como quien roba un secreto. Y cuando el maestro se marchaba, él volvía en carrera. Cuenta que hasta arrancó una tabla del local para meterse a escondidas cuando Pablo ya no estaba, solo para quedar frente a la marimba, mirarla de cerca y entenderla en silencio. Así, entre carreras, escondites y tablones sueltos, empezó la historia del hombre que años después además de tocar la marimba aprendería a construirla con sus propias manos. 

Una luz verde irradia el interior de La Iguana Afro Video Bar en Popayán, un establecimiento especializado en música caribeña, particularmente salsa, son cubano y jazz latino. Sobre una pared de ladrillo cuelgan banderas de Cuba y Puerto Rico; a la izquierda de estas yace un estante repleto de licores: Tres Plumas, Baileys, Havana Club, Old Parr, aguardiente Caucano; en el espacio resaltan lámparas con diseños peculiares y cuadros representativos del jazz, entre ellos un retrato de Miles Davis. El lugar es abrigado. 

Los rostros se llenan de sonrisas y admiración ante la presencia del maestro ecuatoriano Grimio Lerma, con su marimba en frente.  Alto, delgado y siempre con gorra. Lleva una camisa dashiki, prenda tradicional que representa la herencia y el orgullo de la cultura africana, usa tenis deportivos en tela gris y jean. Sencillo y sin apuros es Grimio. Son las seis de la tarde. 

Grimio está agachado sobre el piso empedrado donde reposa una jarra de cristal llena de agua, un machete, un taco y un canuto de guadua. Comienza a explicar el proceso de afinación de la marimba: pela la chonta con el machete, vierte agua en el canuto, tubo de bambú que se sitúa debajo de cada tecla de chonta y mide la cantidad con el taco, que son los mazos artesanales usados para percutir las teclas de la marimba; luego evalúa el sonido repicando la tecla de chonta hasta obtener el tono adecuado. 

—Son muchos los marimberos que saben hacer marimba, pero no conocen ese puntito de recuperar la tecla, es decir, en el proceso de pelar la chonta a veces se daña porque se pela de más, hay muchos constructores de marimba que desechan la tecla porque se pasan de la afinación correcta, les queda sorda la tecla y la botan, yo no. A ellos no les vale porque no saben recuperar, eso pasa. Yo sé porque tengo como una retentiva de captar ruidos y toques —expresa el maestro Grimio.

Los participantes están a la expectativa de la función del maestro. El silencio se hace presente, pero en él se cuelan las respiraciones, los ruidos de la calle y el susurro del agua que guarda una gran relación con la marimba, pues en algunas comunidades del Pacífico ecuatoriano y colombiano, los maestros suelen decir que “la marimba suena mejor cuando esta ha bebido agua”. Algunos graban, toman fotos,  mientras que otros admiran con gran concentración lo que hace el maestro Grimio.  

 

Imagen de Grimio Lerma 1
Grimio Lerma dialogando con la marimba. Foto: Lucía Hinestroza
Imagen de Grimio Lerma 2
Grimio Lerma junto a Tito Ponguillo, dos sabedores de la música del Pacífico ecuatoriano. Fotografía: Lucía Hinestroza.

Grimio Lerma, oriundo de San Lorenzo, Esmeraldas (Ecuador), a los 7 años hizo su primera presentación con su tío Julio, de Barbacoas, Nariño. Él le enseñó a tocar por el lado derecho y el lado izquierdo,  entonces, Grimio toca por ambos lados de la marimba. La  destreza es poco habitual ya que anteriormente dos maestros se situaban en la marimba en lados opuestos, esto asociado al contexto tradicional de las marimbas colgadas en las casas de palafito. Con los cambios en la puesta en escena, lo habitual hoy es que el intérprete toque de un solo lado, es decir, de pie frente a las teclas. 

El aprendizaje de Gremio fue empírico, a oído, a los 9 años empezó a grabarse los tonos de las teclas, se quedaba horas descifrando cómo cada golpe producía un matiz distinto, cómo la chonta respondía. Esa necesidad de entender el instrumento desde adentro también lo llevó, a esa misma edad, a dar un paso más: construir su primera marimba de 12 teclas y su primera gira a nivel nacional fue a los 10 años. Viajó a Quito y de allí a Cuenca (Ecuador). La primera pieza musical que aprendió se llama “Caderona de mi niñito», una canción que celebra el baile y sensualidad de la mujer afro y que exalta la alegría, la seducción y la tradición cultural. Con ese ritmo fue aprendiendo en la escuela y  de aproximadamente 60 o 70 niños, el que más se encariñó y  apoderó de la música fue Grimio, quien le enseñaba a los demás a tocar. 

—Recuerdo que cuando terminábamos de ensayar yo me quedaba en el local del maestro Pablo tocando. Una, dos, tres de la mañana solito ahí. El director al ver que yo no me iba a la casa me apagaba las luces, por eso toco en la oscuridad. En ese entonces, en la cancha donde yo vivía se aparecían los diablos, el duende y la tunda. Aparecían porque todavía la cosa estaba buena y decían que cuando uno tocaba se aparecía el diablo, por eso es que hay muchos religiosos que dicen que la marimba es del diablo, ¡eso es mentira! Me daba miedo  irme a la casa, pero mi hermano mayor me iba a ver y de ahí  me iba a la casa. Todos los días era la misma rutina —cuenta Grimio con una leve sonrisa. 

En La Iguana no estaban únicamente Tito y Grimio como músicos, también acompañaban su visita artistas caucanos como Salomé Gómez Burbano (intérprete de marimba y directora de la agrupación Bocana Group) , Leybnithz María Riascos (cantadora tradicional) , Isaura Hurtado Orobio (cantadora tradicional), Javier Mamián (cantautor, poeta y licenciado en Español y Literatura), Jorge Pardo (intérprete de marimba), algunos miembros de Boacana Group… Siendo esta una muestra de esa unión musical y cultural entre Ecuador y Colombia.

—Es muy importante el compartir saberes, hay varias particularidades en cada contexto y el hecho que vengan de allá, nos compartan sus conocimientos, experiencias sobre cómo han conocido el mundo y cómo tocan los instrumentos, es nutrir la parte musical de acá de la ciudad de Popayán y de los músicos que interpretan estas músicas —expresó Javier Mamián asintiendo con la cabeza. 

El ensamble colectivo, esa unión armónica en la que los músicos se escuchan, responden y construyen un solo cuerpo sonoro,  llenaba de emoción el lugar. Poco a poco, se iba convirtiendo la música en un diálogo entre los pueblos y sus memorias. Cada golpe de marimba, cada voz parecía traer consigo el eco de antiguas celebraciones, de manos que alguna vez tallaron la madera y de ríos que aún guardan el secreto de las melodías. En ese instante las fronteras se convertían en puente: Ecuador y Colombia en un mismo pulso.

“Torbellino se ha perdido.     
Su mamá lo anda buscando.       
Preguntaré al tamborero,   
si no lo ha visto bailando. 
Santa Lucía 
Santa Viviana 
Yo le pedía. 
Y ella me daba. 
Cinco medallas
Por la mañana”.

La rueda de marimba, cununos, guasá y las voces hacen resonar el Torbellino, un canto y danza vivencial, que según la investigación “La marimba como Patrimonio Cultural Inmaterial”, publicado en 2014 por el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC) de Ecuador, narra las travesuras de un niño que, por malcriado y grosero, es llevado al monte por un ser mitológico, la Tunda. Ante tal pérdida, se forma una algarabía entre familiares y parientes que lo salen a buscar con bombos, cununos y cantando.

“Que me voy caramba, 

adiós que me voy caramba,

 el baile de la caramba….” 

Entona al son del Torbellino el maestro Tito Lenin Ponguillo Márquez, intérprete de marimba de chonta que acompaña a Grimio en su travesía desde Ecuador. A su voz se suman varios invitados al conversatorio: acompañan el coro, alzan sus pañuelos y dejan que el ritmo los lleve al baile. Los maestros muestran cómo se marcan los pasos  en el hombre y en la mujer, revelando las diferencias que cada género imprime en la danza. En el paso de la mujer los pies se arrastran hacia los lados , las caderas se sueltan sin exageración, mientras que en el caso de los hombres, el paso es más marcado y se hace una serie de círculo donde los hombros, manos y pies también se  mueven al compás de la marimba. 

—Esto es un caramba como uno le dice. Caramba es una reunión cuando un niño se porta mal, ¡ay, caramba! les dicen. En la interpretación en la marimba la mano derecha regresa mucho de manera rápida, como cuando se hace mezcla de bordón. En el baile, el paso de la mujer se llama caramba cruzado, porque va hacia los lados, en cambio el de los hombres es diferente, más centrado —dice Tito mientras hace una demostración de la danza. 

—Recuerdo que mi hermano me invitaba a ver el fútbol, pero más me gustaba andar en la calle porque yo era rapero y bailaba música disco. A esa edad yo competía con otros niñitos por galleta o por un centavo y así empecé en mi agrupación de reggaeton. Desde ahí mi exdirector, que en paz descanse, su esposa y mi tío, Julio Cuero, fueron viendo a este muchachito y empezaron a mirar mi potencial. En el baile, cuando yo zapateaba lo hacía bailando música disco, entonces, se burlaban. Dejé el baile, me fui a la música tradicional y ahí empezó mi travesía —trae a la conversación el maestro Grimio. 

Con la marimba el maestro ha recorrido muchos países. Ha llevado la tradición a varios lugares: Japón, Corea, Holanda, Estados Unidos, Venezuela, Chile, Colombia. “Dios me dio ese don y esa oportunidad de poder aprender y compartirlo. Solo que a veces en el camino uno se tropieza con personas o alumnos que son ingratos, usted le enseña y salen a decir que uno no le ha enseñado nada”, dice el maestro.

Grimio tuvo un tío marimbero, que considera excepcional, se llamaba Graciano. Recuerda que su tío no le enseñó a nadie. Nunca tuvo un alumno y muchas personas atribuyen el hecho de tocar la marimba como si fuera un poder que no se comparte. Pero Grimio  fue un muchacho tan curioso que aprendió los toques de su tío por eso toca otro ritmo diferente.

—Cuando uno toca y construye la marimba se traslada a otro mundo, a otro nivel, al plano de nuestros ancestros. Uno recuerda cómo ellos entonaban la marimba, porque la entonaban de una manera tan especial que es su espíritu mismo. Solo con ellos pararse en un instrumento a uno le da la ganas de bailar libremente —dice Grimio y sus palabras quedan suspendidas en el aire como si el eco de los ancestros navegaran en el espacio para responderle.

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