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Salud mental en tiempos de desastre: entre la empatía y seguir adelante

Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales


Salud mental, crónica

Salud mental en tiempos de desastre:
entre la empatía y seguir adelante

Salud mental, crónica

Salud mental en tiempos de desastre: entre la empatía y seguir adelante

Escrito por: Jose David Cruz Portilla|28 de agosto de 2026

Tiempo de lectura: 8 minutos

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Entre mirar la tragedia y sostener la rutina, no siempre alcanzamos a notar lo que el terremoto del 10 de agosto mueve dentro de nosotros.

El 11 de agosto la ciudad de Popayán parecía haber vuelto a la normalidad, pero el ambiente era diferente. La vida seguía por inercia, como si interpretáramos un guión que confería a la atmósfera un toque onírico. Había que llenar la alacena, hacer las compras, cumplir con los deberes, ir al trabajo, hacer el oficio de la casa. Tomar la ruta, ir por los niños, almorzar, ver las noticias, hacer la fila del cajero. Mantenerse ocupado, no pensar demasiado, hablar bajito, no sobresaltarse con el viento, dormir con un ojo abierto, demorarse poco en el baño o en la ducha, mantener el celular cargado, las llaves a mano, los zapatos puestos.

¿Siquiera es posible olvidar el día anterior? Recuerdo abrir los ojos la mañana del 10 de agosto, incrédulo ante el movimiento. Una parte de mí se rehusaba a creer lo que estaba pasando, mientras la otra intentaba reaccionar. Mis dos perritas me miraban con sus ojos redondos, sin entender del todo qué ocurría, más preocupadas por mi creciente ansiedad que por el suceso en sí. Mi pareja estaba paralizada, mirándome, como buscando respuestas en mi rostro.

 —¡Agáchate!

—¿¡Agacharme, dónde!?

—¡Aquí! ¡Ven!

No recuerdo en qué momento me moví. Nos acurrucamos apretados junto al mesón de la cocina, llamamos desesperados a las perritas y rogamos en silencio que llegaran junto a nosotros cuando el movimiento se intensificó. Las apreté contra mí, rogando que parara, que el suelo no cediera, que las paredes no se derrumbaran. Mi corazón se destrozó ante la idea de no poder protegerlas. Me sentí impotente, desnudo.

Escuchábamos cómo todo se movía: las sacudidas del edificio, la vibración del suelo, el vaivén de los muebles, el repiquetear de los cuadros en la pared, el golpe de las cosas contra el suelo. Había tanto ruido, pero ahora solo recuerdo estática. Se sintió eterno. El movimiento empezó a menguar y yo solo podía repetir, a modo de rezo, intentando mantener la compostura: ya va pasando. Supliqué que pasara, pues en el fondo temía que tan solo fuera una señal de una segunda embestida. Entonces, el movimiento acabó.

Me sentí incompetente. 

¿Por qué reaccioné así? ¿Fue la mejor decisión? ¿Por qué no salí antes?

Cuando mi familia más me necesitaba me paralicé. 

Nos incorporamos como pudimos, las piernas me temblaban. Sentía mucho miedo, el pulso me palpitaba en los oídos. Nos apresuramos a salir ante la amenaza de una réplica y yo me paralicé en la entrada. Me aterraba la sola idea de encontrarme con que el mundo se derrumbaba a nuestro alrededor.

¿Está bien mi familia? ¿Y si el Puracé entró en erupción? Ha estado en alerta naranja desde el primero de agosto ¿Estamos en peligro inminente?

Necesito información.

Agarré mi celular, batería al 10%, sin señal, sin internet, sin electricidad. Incomunicado.

Mi pareja tuvo que irse y me quedé en el apartamento demasiado abrumado para salir, pero listo para evacuar ante la primera señal de una réplica. Con la mente al límite, ideaba mil escenarios, buscando alternativas, trazando planes. Todo mi cuerpo estaba tenso, intentaba bajar la alerta, pero cualquier sonido volvía a activarla. No podía permanecer de pie. Me sentía mareado, inestable. No sabía qué había pasado y me aterraba no saber qué esperar. La ansiedad crecía con el paso del tiempo, acompañando la angustia de no saber nada de mi familia.

Entonces recordé el consejo del abuelo: “siempre ten una radio ante emergencias”. 

¿Cómo no lo pensé antes?

Abrí la aplicación de radio del celular y conecté unos auriculares, entonces empecé a sintonizar: estática, estática, música, estática… voces. “Epicentro San José del Palmar, Chocó, magnitud de 7.4. No hay certeza de los daños. Los informes preliminares reportan afectaciones en diversos departamentos del occidente colombiano, principales afectados Valle del Cauca, Risaralda, Caldas, Chocó”. Agradecí que fuese lejos y me arrepentí casi al instante.

Desde la psicología clínica, el especialista Héctor Insuasty explica que, “aunque las personas buscamos instintivamente recuperar el equilibrio emocional y contamos con herramientas fisiológicas para hacerlo, estas requieren un tiempo. La rutina puede reanudarse incluso antes de que la experiencia haya sido procesada, pero la forma de recuperar ese equilibrio depende de cada individuo, de su experiencia, conciencia y capacidad para comprender lo ocurrido

Redes 2
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El día estaba ridículamente hermoso: soleado, un cielo perfectamente azul y la brisa retozaba en las flores de guayacán. Sentí náuseas. Todo estaba completamente normal. Nadie hubiese imaginado que horas antes se había desatado la tragedia, que horas antes nosotros mismos pudimos ser parte de ella.

De repente llegó una llamada. Número desconocido

—¿Aló?

—¿Estás bien? —era mi pareja.

—Pues… sí. ¿Y tú?

—Una compañera me prestó su celular. Es la única que tiene señal, pero se va a ratos. Acaban de informar que va a haber una réplica igual de fuerte a las 9:15

— ¿Quién te dio esa información?

—Una brigada… Nos evacuaron. Por favor, ten mucho cuidado. Te amo.

—Te amo.

Intenté mantener la calma ante esta nueva información.

¿Una brigada? Seguramente la Defensa Civil, está preparada ante emergencias, conoce los protocolos, pero no hay forma de predecir un sismo con tanta precisión…

Sentía el cuerpo pesado. Me faltaba el aire. 

No le des más vueltas, en cualquier caso, necesitas salir de aquí o vas a enloquecer.

Con algo de dificultad tomé las llaves y llevé a las perritas al parque. La réplica anunciada nunca llegó.

El día estaba ridículamente hermoso: soleado, un cielo perfectamente azul y la brisa retozaba en las flores de guayacán. Sentí náuseas. Todo estaba completamente normal. Nadie hubiese imaginado que horas antes se había desatado la tragedia, que horas antes nosotros mismos pudimos ser parte de ella. 

Volví a casa veinte minutos después. Mi pareja había regresado. Nos abrazamos. Las lágrimas acudieron a mis ojos, pero se secaron antes de que pudiese decir nada. Reunimos la información que teníamos, los rumores, las ideas. No hablamos más sobre lo que pasó ese día, mucho menos sobre lo que sentimos. 

“Cuando una situación compleja rompe temporalmente la manera habitual en que una persona funciona y la obliga a enfrentarse con emociones que no siempre sabe reconocer o expresar ocurre una crisis emocional”, explica Madeline Ramos, docente asistencial del consultorio psicológico de la Universidad Cooperativa de Colombia. “No todos la atraviesan de la misma manera: se puede presentar llanto, aislamiento o incluso sentimientos de culpa, algunas personas pueden refugiarse en el exceso de trabajo o de compromisos, mientras otras pueden bloquearse o sentir apatía”.

La electricidad llegó cerca del mediodía, intermitente. Pude comunicarme con mi familia. Todo estaba bien.  Ni pérdidas materiales ni humanas, estábamos bien. Más información empezó a llegar, al inicio en pequeñas dosis y luego me desbordó. Fue abrumador, sobrecogedor. Mis emociones se desconectaron casi de inmediato. Me sentí culpable por no sentir más empatía, pero solo podía sentir lástima y alivio. Mi mente repetía: pudiste ser tú, una y otra vez, tan insoportable que dejé el celular. No podía descansar. Seguía esperando la réplica, sentía las articulaciones tiesas, el cuerpo preparado para volver a correr. El día transcurrió así hasta que no pude más y mi cerebro se apagó.

“El cerebro tiende a interpretar las imágenes como algo inmediato, por lo que la exposición constante puede aumentar el estrés, el agotamiento y la sensación de agobio”, advierte Ramos. Por eso recomienda establecer momentos específicos para consultar las redes, evitar hacerlo al levantarse o antes de dormir y recurrir a fuentes confiables para informarse. 

En el trascurso de la semana la información se precipitó: imágenes, vídeos, cifras, testimonios, solicitudes de ayuda, rumores, alertas falsas de sismos, bloqueos,  polémicas ante la respuesta del Gobierno, nuevas emergencias y desastres. 

¿Cómo estás ayudando tú?

Solo podía mirar, con un nudo en el pecho. Desesperanza. 

Es inútil ayudar, nada va a cambiar.

“En atención en crisis existe una premisa que puede resultar contradictoria: primero usted, segundo usted, tercero usted y, si queda un poquito, para el otro”, explica Madeline. La idea parte de que el autocuidado también es una forma de ayudar: reconocer lo que sentimos, descansar y recuperar el equilibrio es necesario para acompañar a quienes lo necesitan. “En medio de una emergencia, cuidar de uno mismo no significa dejar de lado a los demás, sino entender que para sostenerlos también necesitamos estar bien”.  

Entonces aparecieron las iniciativas ciudadanas, gestionando toneladas de empatía, llegando a lugares que no estaban en el mapa, haciendo lo posible con lo que tenían, juntando escombro a escombro la esperanza.

¿Podría ser capaz de hacer algo así?

Una vez más me pregunté:

¿Cómo estás ayudando tú?

Según Ramos, la culpa también puede aparecer en quienes no vivieron el sismo de manera directa o, aun viviéndolo, no tuvieron afectaciones tan graves. “Para algunas personas, esa culpa se convierte en una necesidad de ayudar y movilizarse; para otras, puede producir el efecto contrario: paralizarlas”.  

Me alejé de las redes sintiéndome indolente, egoísta y culpable, pero necesitaba aliviar el caos producido por sentir que solo miraba y no hacía nada más. 

No pasó nada, estoy bien, gracias a Dios estamos bien. 

Pero si pasó, está pasando. Hay personas que lo perdieron todo y, aun así, no puedo evitar sentirme así. Sin importar cuánto agradezca, cuánto intente sentir empatía, parar o continuar con mi vida, la culpa me interpela y la impotencia me paraliza.

Al final, he estado tan intranquilo que no he podido contribuir a la situación. Sin darme cuenta, mi cerebro ha estado evadiendo todo lo ocurrido, pero moralmente me he sentido culpable por cuidar de mí mismo cuando la situación demanda acciones urgentes. 

“No siempre se trata de falta de voluntad. Cada persona procesa la crisis desde sus propios significados y no todos respondemos de la misma manera: algunos salen a movilizarse, mientras otros necesitan primero entender lo que les está pasando. Ambas respuestas pueden coexistir dentro de una misma tragedia. El problema aparece cuando convertimos una experiencia emocional individual en una medida para juzgar a los demás”, señala Ramos. 

En Popayán sentimos el trauma, pero las circunstancias en la ciudad permitieron una relativa normalidad. Nos obligamos a sostener la rutina cargando la culpa, la incertidumbre, el miedo y la intranquilidad de una amenaza que sentimos inminente. Tenemos el cerebro dividido y, ante el horror que hemos visto a diario desde el terremoto, ni siquiera nos permitimos validar nuestras propias emociones. 

Insuasty explica que retomar la rutina no significa necesariamente haber superado lo ocurrido, pues el miedo y el dolor pueden permanecer en la memoria y manifestarse posteriormente. En este proceso, hablar de lo sucedido y apoyarse mutuamente resulta fundamental. La Organización Panamericana de la Salud estima que, en poblaciones afectadas por emergencias, entre el 15 % y el 20 % puede presentar condiciones de salud mental leves o moderadas y entre el 3 % y el 4 % condiciones graves. Sin embargo, la mayoría atraviesa reacciones de estrés que disminuyen con el tiempo. 

Tan solo soy un humano, ¿qué puedo hacer si ni siquiera logro sostenerme a mí mismo?

Me he enfocado tanto en la situación que no vi el nudo que se formó en mi cabeza hasta que me anudo las manos y la garganta.

¿Es egoísmo intentar estar bien cuando otros no lo están?

Quizás lo primero sea dejar de exigirnos estar bien tan rápido. Hay que empezar por procesar lo que queda después de una emergencia, Ramos propone empezar por algo que parece sencillo: “reconocer lo que está pasando y darle un lugar. Activar la red de apoyo que puede ser una persona de confianza o incluso otros seres sintientes,  recuperar gradualmente el sueño y la alimentación, encontrar espacios distintos a la rutina y buscar información que permita comprender lo ocurrido”. También señala la importancia de la psicoeducación: “leer sobre las emociones puede ayudar a ponerles nombre y comprender mejor lo que estamos sintiendo”.

Pero, si el malestar empieza a interferir con la vida cotidiana, si persiste o se vuelve difícil de manejar, la recomendación es acudir a un servicio de psicología. “Cada caso es su mejor explicación: no existe una única manera de sobrevivir emocionalmente a lo ocurrido, ni un mismo camino para recuperar la calma. No todos necesitamos lo mismo”.

Hablar de lo que sentimos puede ser una forma de comenzar; aprender a escucharnos sin juzgar, entender que sentir miedo no significa ser débiles, que sentir alivio no significa ser indiferentes y que no haber perdido nuestra casa, nuestra familia o nuestra vida, no significa que el terremoto no haya pasado por nosotros.

Estar a salvo no significa estar intacto.

Este texto fue construido después de hacer un mapeo de las emociones que persisten en la ciudad de Popayán, con ayuda de los especialistas:   Madeline Ramos , psicóloga magíster en familia y Hector Insuasty Psicólogo especialista en Administración de la salud. 

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