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¿Cuándo va a dejar de temblar?

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¿Cuándo va a dejar de temblar?

Escrito por: Jose David Cruz Portilla|14 de septiembre de 2026

Tiempo de lectura: 12 minutos

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Una visita al Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Popayán para entender por qué durante el mes de agosto el Servicio Geológico Colombiano registró 3203 sismos en el país.

En una gran casa esquinera del barrio Lomas de Cartagena funciona, casi imperceptible, el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Popayán. Pocas personas notan la luz de la sala de monitoreo que, como un faro, permanece encendida cada noche. Allí, mientras la ciudad duerme, el equipo vigila los movimientos de la tierra. Al amanecer, el turno cambia y, aunque desde afuera parece una casa más, aquí la vigilancia no descansa ni desayuna. 

Hoy, Andrés Narváez vuelve a tener turno doble, pero no parece afanado, mucho menos cansado. Cuando explica los fenómenos geológicos lo hace como quien describe a un viejo amigo, haciendo amplios gestos, como intentando emular los movimientos del suelo. 

¿Últimamente está temblando más?

“No es que esté temblando más, sino que tenemos más disposición de información de la que teníamos hace algunos años. Todos los días tiembla en el país sino que ahora tenemos mejores redes, tenemos una mejor cobertura, mayor información. Entonces eso es diferente. Y estos aparaticos”, dice sosteniendo el celular, “ya cuentan con un giroscopio o un sensor que permite tener información de los movimientos. Entonces, la comunicación, la información, la geoinformación y la tecnología van juntos de la mano.”

La alerta sísmica a la que se refiere Narváez es un sistema que permite a través del sensor del celular interpretar los movimientos asociados a un temblor. Cuando varios dispositivos en una zona detectan este tipo de movimiento generan una notificación. Este solo es un ejemplo de cómo ha avanzado la tecnología que unida a la inmediatez de la información hace posible que estemos más informados sobre los eventos de origen sísmico, aunque internamente, bajo tierra, todo siga como de costumbre. 

Además, el terremoto del 10 de agosto todavía se siente reciente. Un evento de esa magnitud mantiene nuestra atención sobre cualquier movimiento posterior y hace que un sismo que antes habría pasado inadvertido ahora despierte inmediatamente la alarma. 

Pero entonces, si no está temblando más, ¿qué está pasando?

Antes de responder esta pregunta necesitamos entender que es un sismo. “La tierra es un planeta dinámico y en evolución, dentro de él hay energía. Además, está conformado por unas piezas conocidas como placas tectónicas que están en constante movimiento; imaginemos que el planeta es como una cama con varias cobijas, si movemos una, inevitablemente eso influencia la otra. Este proceso natural ocurre todo el tiempo, sin embargo por este movimiento muchas veces las placas tectónicas pueden atascarse o chocar, cuando esto pasa al desatascarse o romperse liberan energía que provoca que la tierra tiemble, las ondas de esa liberación son lo que sentimos en esta gran colcha dónde está nuestro país.” Explica Narváez.

En agosto, el Servicio Geológico Colombiano registró unos 3.203 sismos, frente a un promedio mensual de 2.500. Sin embargo, la diferencia no implica necesariamente un aumento de la sismicidad, pues la cifra mensual varía. Al mismo tiempo, continúan las réplicas del terremoto. 

“Después de un evento muy energético, la tierra busca el equilibrio, las rocas se reacomodan, lo que genera movimientos. Estas réplicas, siempre son menores al evento y su ocurrencia decae con el tiempo, pero pueden presentarse durante días o incluso meses después del sismo principal”.

La mirada de Andrés destella con curiosidad y fascinación mientras observa las pantallas que cubren las paredes de la discreta sala de monitoreo. Su trabajo consiste en monitorear y evaluar la actividad volcánica del segmento central del país. Geógrafo de profesión, lleva 20 años trabajando en el Observatorio, uno de los tres que hacen parte del área de geoamenazas del Servicio Geológico Colombiano. Pero su labor no se limita a vigilar, pues cuando habla de placas, volcanes y sismos, lo hace con la naturalidad de quien lleva años intentando traducir al mundo aquello que sucede bajo nuestros pies. 

Desde el terremoto de 1983, los sismos generan mucho miedo en Popayán. A raíz de esa inquietud han surgido diferentes augurios y creencias; una de las más conocidas es que, cuando hace mucho sol, la tierra se calienta y puede temblar. “Una cosa es lo geológico al interior de nuestro planeta y otra cosa lo externo, lo que está pasando en la atmósfera”, explica Narváez. 

Ahora, las redes sociales se han convertido en un espacio para difundir estas creencias y otros contenidos poco precisos, alarmantes o falsos que pueden alimentar el miedo. “Las redes sociales nos cogen una velocidad importante. Mientras estamos sacando aquí el boletín, ya lo han cogido, le han metido IA, lo han exagerado. Por eso nosotros enfatizamos mucho en consultar las fuentes oficiales”, advierte Narváez.

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Durante el último fin de semana de agosto, el SGC registró más de 550 sismos en el Cauca. La cifra puede resultar inquietante, pero ¿se relacionan con el terremoto del 10 de agosto? Para entenderlo, es necesario conocer la diferencia entre la sismicidad tectónica y la volcánica. 

Durante el último fin de semana de agosto, el SGC registró más de 550 sismos en el Cauca. La cifra puede resultar inquietante, pero ¿se relacionan con el terremoto del 10 de agosto? Para entenderlo, es necesario conocer la diferencia entre la sismicidad tectónica y la volcánica. 

“Nos ha tocado vivir ambos en esta semanita, y la gente está mezclando todo. La sismicidad de los volcanes es muy diferente a los tectónicos. El sismo del 10 de agosto, que estremeció a casi todo el territorio nacional, obedece a un esfuerzo mucho mayor, originado por el roce de la Placa Continental y la de Nazca. Mientras que un sismo volcánico es un evento energético de una zona muy específica y frágil del territorio. Es una sismicidad asociada al movimiento de fluidos, fracturamiento de roca o la salida de gases que producen movimientos sísmicos que suelen ser muy rápidos y de corta duración. La energía se libera rápidamente, por lo que el movimiento no se sostiene. No como el del 10 de agosto, que parecía que no se iba a acabar.”

Mientras hablamos, Andrés mira las pantallas de la sala de monitoreo interpretando de una ojeada los diversos datos, las pantallas muestran unas ondas que recuerdan a los monitores cardíacos de un hospital. De repente suena una alarma, similar al silbato de un tren, de un volumen medio, nada estridente, 2 pitidos son suficientes para que el ingeniero a cargo empiece a interpretar los datos. Las pantallas muestran una onda roja que se alarga saliéndose de los parámetros. En menos de 5 segundos la información está lista, acaba de temblar con una magnitud de 2.1, epicentro Totoró, Cauca.

“Lo que estamos viviendo ahorita con esta sismicidad, que no está propiamente debajo del volcán, nosotros decimos en una zona distal, es un enjambre sísmico. Que en menos de 24 horas tengamos alrededor de unos 300, y el día de hoy 31 de agosto creo que ya pasamos el umbral de 600 sismos registrados en una zona geográfica específica, eso es un enjambre sísmico, un sinnúmero de eventos muy repetitivos que se presentan en una escala de tiempo reducido. Pero, esto es un proceso normal en el estado actual del volcán, hace parte de esa dinámica geológica, es la forma en que esas energías se están liberando por esas zonas tan débiles”

Un enjambre puede tener origen tectónico o volcánico y se caracteriza por múltiples sismos de magnitudes similares, sin un evento principal claramente dominante. Sin embargo, la cantidad de eventos no determina cuánto sentimos: de los cientos de sismos registrados, en Popayán apenas se percibieron dos, de magnitud 4.1 y 4.3. por ello es importante entender cómo funciona la profundidad: los sismos superficiales, de menos de 30 kilómetros, pueden generar movimientos más fuertes cerca del epicentro; los intermedios, de 30 a 120 kilómetros, y los profundos, de más de 120 kilómetros, pueden perder parte de su energía antes de llegar a la superficie. Sin embargo, cuando un evento profundo alcanza una gran magnitud, la energía liberada se propaga y dependiendo de las condiciones del terreno puede ser percibida en grandes distancias. Por eso, no solo importa cuánto tiembla, sino también dónde, a qué profundidad y con qué magnitud ocurre.

Diariamente ocurren un sinnúmero de procesos naturales que no notamos o escapan a nuestra comprensión. Con los sismos ocurre algo similar. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, cada año se registran en promedio 16 sismos de magnitud 7 o superior en el planeta.  John Tarduno, geólogo de la Universidad de Rochester, señala en Nature que, aunque la tectónica de placas no fue necesaria para el surgimiento de la vida, sí ha sido importante para mantener la habitabilidad de la Tierra a largo plazo. Reconocer que esta dinámica es inherente a nuestro planeta también implica reconocer que habitamos un territorio atravesado por cordilleras, volcanes y fallas geológicas; un territorio vivo al que debemos aprender a adaptarnos.

La clave para vivir a salvo no es estar en alerta permanente, sino la gestión del riesgo. “A mí me gusta decir que en Colombia muere mucho más la gente de una corazonada… ¿Cómo así que una corazonada? Sí, claro. ¿Qué es lo primero que uno pone en el cuarto? Un cuadro gigante del Sagrado Corazón de Jesús encima de la cama y en el momento que tiembla, pum, cae el cuadro”, cuenta Andrés, provocando una risa difícil de contener. 

Pero esta anécdota ilustra una verdad menos graciosa: los desastres no son naturales. “Lo único natural aquí es el origen, ya sea volcánico o tectónico, lo que tenemos son condiciones de amenaza que son factores naturales y condiciones de vulnerabilidad que son factores sociales, económicos, por ejemplo qué tan cerca me ubico de una amenaza. Y si promediamos amenaza por vulnerabilidad nos va a dar el riesgo. Los desastres son eventos socialmente construidos porque nosotros podemos tomar decisiones, podemos gestionar el riesgo.” 

La respuesta está en que sabemos que no va a dejar de temblar. “Estar preparados en el antes, el durante y el después. La preparación comienza en el hogar, con acciones tan sencillas como diseñar un plan de evacuación familiar, identificar puntos de encuentro y tener lista una mochila de emergencia que contenga elementos básicos: linterna, agua, alimentos no perecederos, medicamentos, un radio y documentos”, concluye Narváez. 

Al final de la jornada, mientras la luz del observatorio sigue brillando en la esquina de Lomas de Cartagena, las palabras de Andrés resuenan con una lucidez que desarma cualquier amago de pánico: “es mejor estar preparado para algo que tal vez nunca suceda, a que suceda algo para lo cual no estamos preparados”.

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